¿Por qué escribo?

Nunca he meditado el tema, con la cruda sinceridad que ello exige. He tenido a mano, igual que otros escritores, las bonitas y sencillas anécdotas, que por algo se parecen tanto: las maestras que nos ponían a escribir textos para la cartelera escolar, el primer libro que nos regalaron, de lo más emblemático: que si el Quijote, que si La Odisea, que si La montaña mágica y cosas así que uno no podía entender, pero que constituían la marca del elegido. Aunque las emociones y la pasión de leer se iniciaran como incendio en la paja seca, con la chispa de Los tres mosqueteros o con las novelas de Salgari, sin dejar de lado las historietas llamadas comics, y las novelas negras escritas por individuos que luego serían redescubiertos por su valía, como Chester Himes y Raymond Chandler.

Caer como una hoja en el agua de la literatura, en el río de la literatura, en el mar de la literatura, y sentir que vas y vienes, que te llevan y te traen, es descubrir un universo del que no te puedes escapar, y del que no quieres escaparte. Y hay un instante en que uno desea ser el torrente para atrapar hojas y hacerlas sentir lo mismo o algo parecido a lo que uno ha sentido. Es un torbellino de ese estilo, lo que le inocula a uno el vicio de escribir.

Pero eso aún no explica por qué escribo. Creo que todo ser humano necesita desarrollar una habilidad para encarar la existencia, para amar y ser amado, para apreciar y ser apreciado, para necesitar y ser necesitado. Ya se sabe que cada quién tiene la suya o que intenta ubicarla. Lo único malo con nosotros, los escritores, es que no parecemos necesarios, no parecemos remedio ni medicina para ninguna enfermedad. Es como si la gente pudiera prescindir de nosotros. Se repite, en el ámbito social: “ese es mi mecánico, ese es mi médico, ese es mi odontólogo”, nunca oirán “ese es mi escritor”.

Está claro que escribo para emocionar a los demás, para conmocionarlos, para estremecerlos. Aunque los atracadores logran eso con mayor frecuencia y efectividad. Lo bueno de todo esto, es que la gente tampoco exclama “¡ese es mi atracador!”.

En síntesis, en definitiva, con derroche de sinceridad: ¿por qué escribo? No lo sé, nunca lo supe y jamás lo sabré. Pero no me puedo arrepentir y me está vedado regresar al punto de partida. He recorrido demasiado camino deambulando con mis fantasmas y con los ajenos. Y es algo que me gusta mucho. Un oficio que podría caer en desuso, lo sé, pero que me satisface tanto como vivir. Y no le encuentro la explicación perfecta. Si pudiera hacerlo, la transformaría en cuento o en novela.

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