Autor: José Pulido

Es periodista, escritor y poeta. En el año 2000 le fue otorgado el Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía, por su poemario Los Poseídos. Ha publicado además los poemarios: Esto, (1971); Paralelo Lelo, (1971); Los Poseídos, (1999); Peregrino de vidrieras, (2001); Duermevela, (2004). Y de las novelas Pelo Blanco, (1987) Una mazurkita en La Mayor (Premio Otero Silva, 1989); Los Mágicos, (1999) La canción del ciempiés (2004) y El bululú de las ninfas, (2007) publicada en Editorial Alfa. La biografía, Gustavo Dudamel: La sinfonía del barrio. Libros de El Nacional, 2011. Es asistente de dirección de la revista BCV Cultural.

Una frontera con ponzoña

Acabo de leer una novela breve de José Pulido,Paisaje de ponzoña (NSB, Grupo editorial, 2015). Asombra por su estructura fragmentaria, dislocada, que cuenta una realidad que a nadie le gusta: la vida de frontera. No cualquier vida, esa vida a la que tememos y pasamos rápido por ella. Pienso en cuál frontera pudiera ser, y viene a mi memoria aquella que vi de lejos, en el Territorio Amazonas, una donde podíamos pagar en bolívares, estando en el otro país, su vida monetaria estaba lejos del control de los bancos centrales de cada uno de los países que cruzaba. Unas lanchas nos podían trasladar hasta allí, a través de un caño, como los del Delta Amacuro. ¿Casuarito? Este era (lo digo en pasado como una esperanza) un pueblo gobernado por la FARC. Pero puede ser  cualquier parte de Venezuela.

Todo en este libro tiene veneno. Personajes involucrados en crímenes, todo es delito, hasta un cura encubre las relaciones entre una guerrilla y el pueblo que ha tomado en sus manos ensangrentadas. Pero también todo es candidez, los que se han marchado de este pueblo sin nombre ejercen oficios en urbes de las que no pueden salir tampoco y como siempre escuchamos a sus padres ignorantes de su verdadero oficio o lo ocultan por vergüenza. Narrada con fuerza poética Paisaje de ponzoña salpica de realidad lo que intuimos o sabemos, pero sobre lo que nadie hace nada.

Este nuevo libro del narrador que es Pulido, que desde sus primeras novelas (Los mágicos, El bululú de las ninfas, o sus últimos libros publicados: Los villanos son héroes tímidos, El requetemuerto, etc…) se ha tomado para sí contar la violencia, describir cómo se forma un delincuente violento, desde su vida miserable en medio de la pobreza como fatalidad, esa naturaleza que los sociólogos han explicado hasta el cansancio. Es la violencia sobre los seres humanos, esta vez desde el borde incontrolable de la orilla del país.

Pulido, como si fuera un pintor de frescos, como llaman esos cuadros fantasmales hiperrealistas, donde está todo, los retoma de manera directa y nos los sirve en la mesa como para que recordemos que tenemos una deuda en la sobremesa de nuestras vidas: la realidad de nuestras fronteras. Esa, que solo esta demarcada en los mapas pero que en verdad no hay tal líneas de rayas que nos separen. Está ahí, al lado, con el vecino o en la persona que trabaja en las casas, de doméstica o servicio como las llaman, obreros o especialistas, taxistas, esas personas que vinieron a buscar otra vida, honestas. De todo en ese paquete de migrantes que lentamente han visto que las fronteras de un estado han desaparecido, que aquí también pueden estar haciendo negocios sucios sin ningún control. Todas y todos vienen de esas violentas fronteras. Pulido demuestra con este libro, que no hay límites, que todo es todo y está revuelto y confluirá en un punto: nosotros. Lo que desde hace tiempo perdemos país. Ahora Guyana, antes San Antonio o Maicao, cualquier día una isla, pero mucho antes, fue por el mar y su viejo contrabando. Lo que llaman ahora “bachaqueros”, nómadas que cazan y pescan con su cédula de identidad, o su huella digital no es nada nuevo. Un país poroso por todos lados.

Muchas conversaciones del día a día venezolano giran en torno a la realidad política, como si fuera algo alterno a nosotros, que nos acompaña como un ángel angustiado y confuso. Unos dicen que cada lado está en problemas, que viven grupos diferentes, intereses, ausencia de valores, ausencia de ética, con diversos grupos, etc… De esas conversaciones recojo una parte referida a quienes gobiernan y sus diferentes clanes. Uno de los factores que gobiernan están en las cárceles, son los llamados pranes, incluso, escuchamos sus historias desmesuradas y nadie se inmuta; después de leer este libro extraño en nuestra narrativa, la imagen de que unos pranes controlan nuestras vidas no deja de estremecerme. La idea de un superestado, al que el Estado formal (el de la Constitución) no puede y no quiere controlar, paraliza y asusta.  Después de leer esta novela, uno siente que el narrador metió la realidad en una licuadora y mezcló todo, un todo de donde no puedes salir si no apagas las aspas que nos están licuando.

Sus capítulos cortos y seguidos como un rollo de papel, recuerdan las imágenes que se superponen unas a otras, a veces, los personajes continúan en el próximo capítulo otras no, al rato regresan con conversaciones trascendentes en un paisaje sin ninguna importancia. Un helicóptero puede estallar y es parte del paisaje y aparecen carros oficiales que van como a ver un espectáculo consabido, como en las películas donde la policía siempre aparece tarde. Saben que el control está más allá de ellos, que apenas son personajes de relleno en una realidad que está controlada en otro lugar. O un poeta cándido que se ve involucrado en una atraco de guerrilla urbana, que no se sabe adónde va el dinero que ellos sospechan que trafica un editor y en medio del asunto, el poeta ofrece leer unos poemas y acuerdan editarle el libro para evitar que hable del atraco chambón de unos guerrilleros de pacotilla, que pertenecen a esos colectivos sonsos que repiten consignas. No es parodia pero parece. A ratos no podemos creer que esto sea verdad, pero si la cotejamos con la narrativa de los pueblos fronterizos veremos su espejo en esta novela.

Pulido construye personajes entregados a una manera de vivir, sin salida, anacrónica, donde gobierna la violencia, otro orden sin Estado y sin leyes, solo el más fuerte es el que manda. Negociantes que construyen viviendas para entregárselas a los amigos, ladrones que roban ladrones en nombre de una utopía imposible, como todas, vidas sin vida, “vidas secas” que pululan en esa realidad con otro lenguaje. La lengua que allí se habla es de pólvora. Un gran negocio a placer para los ejércitos de ambos lados, un lugar liberado para el delito, como se dice ahora de las llamadas zonas de paz.

Narración del vértigo, donde  no tienes tiempo para respirar sosegadamente. Novela sin ningún artificio, novela que observa. Cruda. Los personajes van y vienen, no hay tiempo, todo transcurre sin día y sin noche, son personajes de vidas fragmentadas, inevitables desechos sociales. Espacio donde solo se siente el rumor del Estado o los otros como una sombra inútil, no hay diferencia alguna, son como “moscardones molestos” lejanos helicópteros que sobrevuelan la zona donde viven estos seres olvidados de todo orden o insinuación de un poder que ordene o ayude a vivir sus pobres vidas de lagartijas, como dice el narrador “el abandono es una palabra amarga en cualquier recuerdo”.

Solo Ezequielito, un niño, pequeña esperanza torcida, como su edad, o como dice su madre “inocente pero dañado”, se salva cuando cruza la frontera de agua que los separa del mal esquizoide que lo persigue desde niño, allí deja de escuchar las voces y cantos que lo atormentan. Pero se tiene que ir de aquel infierno que arma la guerrilla y sus testaferros. Personajes agrios, dulces, duros, jóvenes perdidos en la cocaína, si esperanzas, putas, cándidos, malos, buenos metidos en un espacio que ya no es de ellos, solo el otro lado del río saca a Ezequielito de aquella realidad si solución.

Pudiéramos decir que Ponzoña de paisaje es una novela pesimista, o  de un humor paródico también. Una novela que cuenta la inmadurez de ciertas utopías o de ciertas sociedades. Llena de personajes que no saben que va a pasar. Personajes sin país. Pulido es un novelista que entra en sus personajes y desde su corazón cuenta lo que cada uno de ellos siente desde la compasión. Como dijo en una entrevista reciente Rafael Chirbes, el asombroso novelista español autor de Crematorio –el narrador del “presente” como dice la crítica y que acaba de fallecer– narrar siempre es  desde “una tercera persona compasiva”. Así es este narrador, narra la vida de los otros, la de los que le abrieron las puertas al mal, la suya va en la poesía.

Julio Bolívar

Editor, profesor especialista en Literatura Latinoamericana

Conociendo a un escritor

¿Qué día nació y en que parte de Venezuela?

Nací el 1 de noviembre de 1945 en Villa de Cura, estado Aragua

¿Qué razón lo motiva a escribir?

Cada ser humano nace con facilidades para unas cosas y con dificultades para las otras. Hay quien nace para hilar fino, para matar, para sembrar, para enfermarse, para cantar, para resistir bajo el agua, para correr más que otros y así sucesivamente: no sé a qué se debe. Yo tengo la facilidad para escribir y la necesidad de hacerlo por el puro gusto de lograr que una frase conmueva, retrate, alegre o sencillamente exprese lo que he sentido al construirla.

¿Para usted “escribir “es una profesión o un hobby?

Mi profesión es la comunicación social, el periodismo, que se debe realizar conociendo el lenguaje, escribiendo y hablando. Escribir no es una profesión. Es una obsesión por poseer el arte de la escritura. Cualquiera escribe, pero no cualquiera puede hacer de la escritura un arte. Por lo tanto no creo que haya alguien que tenga la escritura como hobby. Eso hablaría muy mal de esa persona.

 ¿Qué es lo más difícil de ser escritor?

Conseguir lectores que entiendan.

 ¿Qué le hizo saber que se dedicaría a ser escritor?

En la infancia estuve enfermo y debí guardar cama durante más de un año. Me llevaban libros y colecciones de historietas. Hasta que descubrí el placer de leer. Me desmayaba cuando leía algo impactante o extraordinario. Y quise lograr eso algún día. Publiqué mi primer cuento a los catorce años de edad.

 ¿Tiene alguna rutina para sentarse a escribir?

Me levanto todos los días a las cuatro de la mañana y escribo hasta las ocho de la mañana. Después lo vuelvo a hacer durante el día entre las seis y las nueve de la noche. A esa hora me acuesto.

 ¿Tiene alguna musa de inspiración?

Primero mi esposa: para ella escribo. Luego me inspira la ignorancia perenne que me posee. Ignoro tantas cosas, que todos los días también dedico mucho tiempo a la lectura: leo en cualquier parte, en cualquier espera. Acudo  a los grandes autores, a los fuertes, a los que nunca serán olvidados. Y leerlos me inyecta fuerza, pasión, deseos de seguir escribiendo.

¿Cuál o cuáles autores lo inspiraron para escribir?

En la infancia Rómulo Gallegos, Salgari, Jorge Amado; después Dostoievski, Kafka, García Márquez, Faulkner, Borges, el Dante, Shakespeare, Flaubert, tipos así.

¿Cuál es su mayor logro literario?

No tengo un logro que se pueda medir en éxitos, en reconocimientos, en respuestas de esa índole. Sólo he logrado mantenerme escribiendo con la idea de alcanzar una expresión más elevada.

 ¿Cuál es su peor error literario?

Cualquier error es peor. Todo lo que he publicado podría ser un error. Eso lo dirán el tiempo y los buenos lectores que vayan formándose y apareciendo por ahí.

 ¿De sus obras cuál ha sido la que más ha disfrutado escribir?

En mi caso, la que estoy escribiendo es siempre la que más disfruto. Pero no escaparé de la pregunta…  con El bululú de las ninfas y El requetemuerto, me sentí desenfadado. Me divertí en algunos capítulos.

 ¿Qué está escribiendo?

Ya me he pasado cinco años escribiendo una novela histórica. Espero terminarla el año que viene.

¿Qué libro le hubiese gustado escribir?

Las mil y una noches.

¿Existe el temor frente a la hoja en blanco?

No creo que sea temor. Es más bien confusión.

¿De no ser escritor qué le hubiese gustado ser?

Cuarto bate de los Yankees de Nueva York

¿Los premios son importantes para la carrera del escritor?

Si te los dan en el exterior y pasan de cien mil dólares.

¿Cuál género no se ha atrevido a escribir?

Ningún género me da miedo. Eso no significa que pueda escribirlo con la altura que requiera cada género. Mis primeros libros fueron dos poemarios publicados en el año 1971 o en 1972. Después publiqué, hasta ahora, seis novelas, dos libros de entrevistas, uno de cuentos y otros tres poemarios. Y la biografía de Gustavo Dudamel.

 ¿Cuál autor venezolano actual recomienda leer?

Actuales somos todos. Y aunque lamentablemente falleció y hoy corre el riesgo del olvido, el más actual de los narradores, según mi opinión, es Salvador Garmendia. Si desean que hable de alguno que sea joven y se mantenga con vida en este mundo violento y enfermizo, les diré que recomiendo a todos los autores jóvenes venezolanos, porque debemos darles el apoyo que merecen sus pasiones. Héctor Torres y Mónica Montañés, son dos jóvenes que me han interesado siempre y he estado en algunos momentos cerca de sus divinos oficios. De los que tienen más edad: Alberto Hernández, César Chirinos, Angel Gustavo Infante, Orlando Chirinos…

¿Cuál es el libro más preciado de su biblioteca?

La Divina Comedia

¿Cómo es su biblioteca, tiene un lugar especial, un sistema para ordenarlos, cuántos tiene?

Mi biblioteca es un desastre, un caos. Y ni siquiera es mía: le pertenece a mi esposa. Ella trata de ordenarlos y yo los saco, los uso, los devuelvo arbitrariamente adonde haya un hueco.

¿Qué libro no pudo terminar de leer?

He terminado de leer todos los libros que he comenzado, aunque algunos me han llevado semanas… cuando hablo de comenzar me refiero a los libros cuyo primer capítulo he leído. En realidad, hay libros que al leer la primera página los he dejado para siempre, porque me han parecido una mala traducción o una escritura mediocre. Yo busco el placer de leer, la hazaña en el texto.

¿Que está leyendo actualmente?

El hombre común, de Chesterton

Recuerda con cuál libro se inició en la lectura

Sandokan, El tigre de la Malasia, de Salgari

¿Cuál fue el libro qué dejó una huella en ud?

Todos los libros buenos me han marcado y yo todavía no he marcado a nadie. Puedo mostrar las cicatrices que me dejó Moby Dick… pero la verdad es que el Viejo y el Nuevo Testamento están siempre en la primera fila. En especial el Nuevo Testamento porque Jesús es el poeta que me cautiva… luego el Apocalipsis es uno de los textos más asombrosos que he leído… se parece mucho a lo que Homero escribió cuando habló del escudo que le hicieron a Aquíles.

¿Cuál es el mejor lugar para escribir?

Mi casa. La casa de uno.

Un libro para iniciarse en la lectura

Depende de la edad. Para los niños que ya saben leer: Mi planta de naranja lima. Para los adolescentes: Los tres mosqueteros y Las mil y una noches. Para los jóvenes todo Vonnegut.

Un libro para soñar

Humor y amor de Aquiles Nazoa

Un libro para no leer

Memoria y cuenta de cualquier gobierno

Un libro para leer en el baño

Uno que te haga reír.

Libro de papel o electrónico

Prefiero el de papel porque tiene más posiciones que el kama Sutra: lo he dicho muchas veces. El electrónico no es un libro: es una biblioteca completa y por eso también lo cargo cuando viajo.

¿Recomienda hacer talleres y cursos literarios?

Sí. Pero lo determinante es leer mucho y escribir hasta el agotamiento.

¿Consejos para un principiante en la escritura?

Si no siente placer al escribir es mejor que no insista.

¿Considera que las redes sociales y el boom de la tecnología ayuda para la promoción de la literatura?

Esa promoción puede funcionar, pero la mejor es cuando varios lectores comienzan a recomendar un libro con sinceridad  y se multiplica la recomendación.

¿Qué le falta a su obra?

Mercado exterior y traducción. Si alguna vez en el exterior dicen que soy un buen escritor entonces mis paisanos me leerán.

¿Qué tan biográfica termina siendo su obra?

No escribo novelas, cuentos o poemas sobre alguien en particular. Ando por la vida fijándome en lo que la gente hace, siente, piensa y oculta. Me examino también, hurgo en mi subconsciencia y entonces escribo.

¿Cómo cierra el ciclo de una novela para empezar la otra, los personajes no le siguen merodeando en su cabeza?

Para eso tengo la ayuda de la poesía. La poesía me limpia el alma. Afina los conocimientos del alma. Cuando termino una novela ni siquiera la vuelvo a leer. Corrijo tanto, re-escribo tanto, que termino fastidiado.

 

¿La soledad, el amor, el desamor y la muerte son temas recurrentes en las escritores, en su obra se reflejan estos tópicos?

Yo escribo sobre la gente. Gente yendo, viniendo, sufriendo, haciendo cosas, fingiendo, equivocándose, acertando. Sí: esos temas son obligatorios porque son humanos. El tema, para mí, no es tan importante como el modo de escribir ese tema. Uno busca lo más parecido a una voz propia. Cosa difícil. En todo caso, se trata de saber usar la palabra. La antiquísima palabra que forma parte de nuestro ser. O que es el espíritu santo de nuestro ser.

Jorge Luis Borges trajo a colación esta cita de Steiner, que me parece pertinente:

“Po­seedor del habla, poseído por ésta, cuando la palabra eligió la tosquedad y flaqueza de la condición humana como morada de su propia vida imperiosa, la persona humana se liberó del gran silencio de la materia. O, para emplear la imagen de Ibsen, golpeado por el mar­tillo, el mineral insensato se ha puesto a cantar”.

Publicado en la página web: Qué Leer

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Homenaje a José Pulido “Por una Venezuela Literaria”

Pulido es un escritor de amplia trayectoria que será reconocida merecidamente (Oswer Díaz/Archivo)

Pulido es un escritor de amplia trayectoria que será reconocida merecidamente (Oswer Díaz/Archivo)

Del periodista, narrador y poeta se publicará su novela inédita Ponzoña de paisaje, y se realizarán conversatorios, encuentros, recitales y un premio literario.

 

EL UNIVERSAL

miércoles 4 de marzo de 2015  09:29 AM

La Editorial Negro Sobre Blanco rinde homenaje a José Pulido en el V Concurso Por una Venezuela Literaria. En tal sentido, durante todo el año 2015 la editorial venezolana realizará diversas actividades en honor al periodista, narrador y poeta, que comienzan con la publicación de su novela inédita “Ponzoña de paisaje”, y le sucederán una serie de actividades que incluyen, conversatorios, encuentros y recitales.

La editorial cuenta con una trayectoria de tres años a nivel literario y cinco en el medio cultural que condensa más de 180 publicaciones, entre más de 150 autores venezolanos y extranjeros. En dicha trayectoria, ha impulsado narradores, poetas, ensayistas y cronistas, además de haber publicado más de 30 títulos de distintos géneros producto de Por una Venezuela Literaria; sirviendo entonces de vehículo tanto para autores inéditos como para autores ya ubicados en la geografía literaria del país.

Richard Sabogal, Director General de Negro Sobre Blanco, afirma que en los próximos días estarán anunciando las bases del concurso y adelanta que “este año incluirá solamente tres géneros: Poesía, Cuentos y Novela, cada género tendrá como premio la publicación del libro y la entrega de 50 ejemplares al ganador”.

Las bases del concurso serán publicadas a través de la página http://www.negrosobreblanco.com.

Cabe destacar que Pulido posee una respetable trayectoria: es poeta, escritor, ensayista y comunicador Social. Es asistente de dirección de la Revista BCV Cultural del Banco Central de Venezuela, y dirigió las páginas culturales de los diarios El Nacional, El Diario de Caracas y El Universal. Es miembro fundador de los Suplementos Bajo Palabra y El otro cuerpo. Le fue otorgado el Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía, año 2000, por su poemario “Los Poseídos”.

Ha publicado los poemarios: Esto (1971), Paralelo Lelo (1971), Los Poseídos (1999), Peregrino de vidrieras (2001),  Duermevela (2004). Es coautor de los poemarios: Linajes (1994), Vecindario (1994), Cortejos (1995), Invocaciones (1996).

En narrativa ha publicado Pelo Blanco, Una mazurkita en La Mayor (novela premio Otero Silva, de Planeta, 1989), Vuelve al lugar que se te ha señalado (cuentos), Los Mágicos (novela, Monte Avila) (1999), La canción del ciempiés (novela, Alfadil) (2004), La sal de la tierra (entrevistas, Banco Central de Venezuela, 2004), El bululú de las Ninfas (Novela, Editorial Alfa, Colección Orinoco, 2007), Dudamel, la sinfonía del barrio en los Libros de El Nacional 2011, El requetemuerto (novela, Ediciones B) 2012, Los héroes son villanos tímidos (cuentos 2013 Otero Ediciones).

Dioses y humanos

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Les dejo este poema que he estado limando como si fuera barrote. Ya llegará el momento en que él me deje quieto o yo lo suelte y no lo toque más.

Dioses y humanos

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Los dioses picotean el silencio,

alimento divino

que almacenan en cúpulas

y nunca se termina

porque se multiplica desapareciendo

.

Los dioses se acurrucan

por milenios

en oscuras y ciegas espesuras

si requieres milagros

lanza un puñado de silencio al patio

.

hay un poder visible con espada

para pulsar tu agobio

y existe uno invisible

capaz de rematarte

esgrimiendo tu aliento

.

el poder adultera los paisajes

y desencanta el aura de la suerte

si deseas la fuerza

y su insolencia trágica

lanza tu honra al barro

.

El aire está manchado de montaña

Y existe a pesar de la mirada

lo que no ves será para otros ojos

y los difuntos anteriores

soñaron lo que sueñas

.

Te sientes a salvo de la peste

sedosa piel ajena a cicatrices

confías en que te guías bajo el amparo

y aún no ha sucedido lo terrible

que alberga la intuición

.

La realidad nos va aplastando

desde el dedo gordo de la tierra

hasta el amanecer que arde en la frente

si anhelas certeza y claridad

recoge lo pensado

.

Punza un dolor guardado, atenazado,

en el fondo de un miedo receloso

la sospecha es un odre: todos beben

existe un asesino que te observa

y alguien que se asusta si lo ves

.

Caracas, enero 2015

Cita en noviembre

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Este es un breve relato que se me ocurrió en días pasados y cuyo tema continuaré explorando. Lo escribí pensando en una amiga cineasta que además ha profundizado mucho en la medicina tradicional china. Se los dejo.

 

 

 

Cita en noviembre

José Pulido

Al fin su esposa le hace un gesto que significa “aquí es”. Durante media hora caminan buscando la esquina donde funciona el consultorio chino.

El sol se apaga de repente en un sitio y se enciende más allá. Es un sábado caluroso oscurecido por los nubarrones. Quizás debido a esa circunstancia experimentan inconvenientes para llegar: por alguna razón que se les escapa, han olvidado la dirección y sus detalles. Los árboles parecen distantes y el enrejado podría haber cambiado de color. Sin embargo, cuando su esposa se planta ante determinado portón y toca el timbre, la puerta se abre sin ruido, igual que siempre. Ah, pero en la recepción ya no está la señora que los atendía y que había envejecido junto con los archivos. Un hombre chino en mangas de camisa mira confundido las carpetas con las historias de los pacientes. “Parece escapado de un restaurante chino” piensa sin esfuerzo. Por pura casualidad, en ese preciso momento, su esposa le comenta, refiriéndose a la recepcionista ausente: “Una de dos: está muerta o está jubilada”.

El médico nacido en Tianjin es un hombre muy viejo, cuya sonrisa debe ser la misma que florecía en su cara de la infancia. Mantiene la gracia de los niños. Alguna vez hizo alusión al mar, a la vida en un puerto. Quizás añora los barcos cuando despliega separadores de ambiente en sus espacios. En aquel laberinto de pequeñas habitaciones sólo hay una oportunidad de verlo: cuando se ocupa del paciente. Luego desaparece, no sin antes regalar unos cuantos consejos que resultan maravillosos aún siendo el resultado más antiguo del sentido común. Los dolores que se van estacionando en el cuerpo desaparecen después de esa visita anual.

Para ellos es como asistir a un extraño momento de reposo, porque después de la acupuntura se sienten livianos y jubilosos y caminan con tanto agrado que se olvidan de los maleantes y del agresivo tránsito de las calles.

Al entrar, notan  la presencia mayoritaria de mujeres ancianas, cuyas figuras y vestimentas revelan que han sido seguidoras del yoga, de las caminatas al aire libre y de la comida vegetariana. También hay dos señoras jóvenes que cuchichean y de vez en cuando se quejan de un dolor en la cintura o en el cuello. En las sillas del fondo se han sentado dos hombres muy diferentes. Uno es alto, muy flaco y quizás a punto de cumplir los ochenta años y el otro es gordo, pesado, sudoroso, de unos cuarenta años.

Él, por su parte, se concentra en la lectura. Su esposa casi no observa a la gente porque de una vez comienza a echarle un ojo a los cuadros que llenan las paredes. Le fascinan esos temas. Hay un paisaje lleno de árboles sin hojas, que parecen poemas leves; en otro marco se aprecian flotando en la brisa, en el aire  imaginado por un artista de quién sabe qué siglo, varios peces con colas de oro, escamas rosadas y bocas azules. Él lee de nuevo  los antiguos poemas chinos que tradujo el poeta colombiano Harold Alvarado Tenorio. La sensibilidad y la poesía de Harold hicieron posible que esos poemas llegaran con todo su misterio esplendoroso hasta el castellano.

“Solo y en silencio/ asciendo a la cámara oeste/ donde cuelga una enfermiza luna./ Abajo, las paulonias padecen el frío del otoño./ Córtalo, así no se separe,/ ponlo en su lugar para que no  se confunda/ este dolor tan hondo, que no puedo expresar”.

El poema lo escribió Li Yü (937-978) un poeta que sufrió lo suyo aunque fue el último príncipe de la dinastía Tang. Al parecer, según comentarios de Alvarado Tenorio, Li Yü murió envenenado en la cárcel a causa de este verso: “No puedo dejar de pensar en mi tierra natal a la luz de la luna”.

Se lo comenta a su esposa y ella dice “Habrá que meditar respecto a la ubicación del insulto o del agravio. Será igual que buscar un grano de arena específico en una playa infinita”.

Él está leyendo los poemas chinos para buscarle conversación al anciano médico chino. Le dirá que un poeta chino fue envenenado porque escribió tal cosa y la otra.

Han comenzado a entrar uno por uno los pacientes. Una asistente criolla se asoma y pronuncia el nombre de la persona que debe pasar al consultorio. Él y su esposa han llegado de últimos. Deben esperar. Él le pide su opinión cruda y sincera respecto al poema. Se lo lee completo tratando de hacerlo bien, enamorándola un poco o pronunciando las palabras como si la enamorase. Así le declamaba poemas en el noviazgo. Se quedan ligeramente sorprendidos cuando dos muchachas juguetonas salen del consultorio tomadas de la mano. Se van riendo hacia la calle. El recepcionista las mira con familiaridad indolente. Un minuto después surge un muchacho alto y rubio. Se acerca al recepcionista y recibe una bolsita con píldoras diminutas marrones y blancas. También se va con cierta prisa emocionada.

-Parece que el doctor tenía el consultorio lleno de gente joven. Por eso se ha tardado, seguramente -le comenta a su esposa. Ella ha arrugado el entrecejo, haciéndose una interrogante muy íntima y hermética.

Poco después salen dos niñas y un niño que pasan de largo mientras la voz del doctor se escucha recomendando “no beban gaseosas, coman mucha patilla”.

-Esperanza – llama la asistente a su esposa.  Ella le toca la punta de los dedos de la mano derecha en forma de despedida transitoria.

Luego de un silencioso rato con vocación de siglo, la cara reconfortante de cabeza despeinada se asoma y dice su nombre. Él va hasta donde está sentado el anciano doctor. El sabio sonríe. Le habla de lo que debe comer, de la actividad física necesaria, de los cambios de hábito. Luego lo lleva a un cuarto donde está una camilla. Del otro lado hay otra. Las camillas han sido separadas por una especie de cortina de un blanco amarillento. Su esposa está al lado. La describe su perfume. Él se acuesta boca abajo, sin camisa. Casi no percibe las agujas. Lo dejan solo.

-¿Cómo te sientes?- pregunta a una desconocida vecina a sabiendas de que es su esposa. Ella responde con una voz tan fresca.

-De maravillas de maravillas ¿y tú?

Él se ha quedado saboreando ese tono porque así sonó la primera frase que ella pronunció cuando la conoció. Ella era una chica de dieciséis años. Trata de acomodarse mejor en la camilla para responderle.

Ella le dice desde la fingida pared, allá detrás:

-Quiero ir a un parque.

Y él está fascinado mirando sus manos tan suaves y pequeñas.

 

El Cundeamor

Una sencilla historia de la época en que las mujeres se aparecieron en el mundo y tuve que dedicarme a conocerlas, objetivo que todavía no he conseguido, gracias a Dios. Lo importante es quererlas, han debido decirme en aquellos lejanos días. Pero nunca es tarde. Aquí está lo que me pasó. La cuestión.

El Cundeamor

(Momordica charantia)

(Momordica charantia)

El cundeamor es un pequeño fruto cuya maduración es tan amarilla que encandila y cuelga de la planta como un farol vegetal. Eso es lo que arguyo a esta edad, pero cuando era un niño se me parecía más a una diminuta piñata llena de caramelos rojos.

Sin embargo, en algunos lugares no están de acuerdo en eso de que sus semillas son dulzonas y llaman “melón amargo” al cundeamor. Yo, apenas veía uno aurificando la empalizada o cualquier solar accesible, pegaba la carrera y ahí mismo tenía la lengua colorada y la cara feliz. Como todo niño, le daba más importancia a lo comestible del asunto que a la belleza de su forma y de sus colores. Pero revisando los pormenores a conciencia debo confesar que para mí lo más rescatable de aquel fruto era su nombre: cundeamor.

Cuando yo cursaba los doce años de edad, mi hermana y sus amigas eran unas señoritas de dieciocho y de veinte años que alimentaban sus ilusiones primordiales leyendo las novelas de amor escritas por Corín Tellado. Ellas dialogaban dentro de sus particulares burbujas, hechas de murmullos y suspiros, que a veces rompían con carcajadas de vidrio.

Trataban de ignorar mi presencia. Siempre se fastidiaban cuando me entrometía haciendo preguntas que ellas consideraban ajenas al romance, como por ejemplo:

-¿Por qué el cundeamor se llama cundeamor?

Alguna respondía, fiándome un poco de futura paciencia materna:

-Porque se multiplica, se riega en los montes, es una enredadera que crece sola y satura los follajes: cunde como el amor.

-¿El amor cunde? Yo no veo que el amor cunda…-replicaba en mi rol de entrometido y mi actitud constituía una especie de insulto para quienes estaban dispuestas a amar y ser amadas hasta que un embarazo les cortara la pasión

En el ejercicio de la infancia, los juegos y las osadías exhibicionistas eran materia preponderante y resultaba muy natural burlarse de todo lo que pareciera sentimental, amoroso, tierno y cariñoso. Estaba predispuesto a combatir aquel virus que denominaban “romance”. Inclusive, hasta había planificado un ataque con huevos podridos para la primera serenata que rompiera guitarras en la ventana de mi casa. “Mi canción de amor, viene a turbar, la calma y el silencio…” cantaría el trovador y antes que abordara la siguiente estrofa le caerían encima los hediondos proyectiles.

Nunca sucedió la repasada escena de cuestionable violencia contra el amor y la música, porque hubo dos impedimentos poderosos: en la casa jamás se dañaban los huevos y la madrugada que estalló una serenata, el cantante era tan insólitamente fabuloso, que toda la cuadra salió a la calle y hasta mi mamá se asomó para aplaudirlo. Escuché una voz adulante comentando “ese es el muchacho que canta con la Billos”.

Mi percepción de la vida cambió radicalmente una mañana cuando me dirigía a la escuela. Me encontré con mi vecina Julieta, quien apenas el lunes pasado era una niña con crinejas y dientes de conejo y ahora había crecido y su sonrisa era como una propaganda de dentríficos. Su crecimiento consistía, además, en que su cara lucía ojos imantados y labios como sacados de un frasco de dulce de lechosa. Su cuerpo parecía de mujer. Era el acabose.

Yo no conocía la historia de Romeo y Julieta. Ni siquiera sospechaba que había existido alguien llamado William Shakespeare. Mi hermana pensó que me estaba enfermando porque le pedí que me prestara una novelita romántica.

-No te voy a prestar ninguna. No tienes edad para eso- habló sentenciosa. Cuando se descuidó agarré una de sus novelas, que cabían en cualquier bolsillo y me escondí para leerla. Era de una autora cuyo nombre resultaba difícil escribir y por lo tanto de recordar. Abrí la novela y leí: “Él la tomó entre sus brazos poderosos y se quedó mirándola fijamente. Ella cerró los labios mostrando un rictus de rechazo, pero sus ojos decían otra cosa y el hombre la besó con frenesí”. Hasta ahí llegó mi deseo de aprender las fórmulas necesarias para relacionarme con Julieta de un modo distinto. Ella tenía brazos más poderosos que yo, eso era indiscutible; y jamás en la vida había podido sostenerle la mirada cuando tenía ojos vulgares y mucho menos tendría el valor para besarla a juro. Además, eso de besar con frenesí no lo entendía para nada.

Julieta no sospechaba que yo quería llamar su atención. No como bateador frustrado sino como admirador romántico. Iba a resultar muy difícil. En meses pasados la trataba como a cualquiera de los muchachos de la cuadra y hasta llegué a decirle vulgaridades supuestamente varoniles porque me ponchó en uno de los juegos de pelota que organizábamos de tarde en tarde.

-Sacúdete, careñoña…-le dije. Y todavía estoy arrepentido.

Cuando se volvió bonita y devino en princesa, intenté comprenderla y atraerla. Sí: caminaba como las princesas de las películas y le surgieron curvas tan sutiles y milagrosas que se sentaba en la acera de su casa y parecía un almanaque de Judy Garland.

Creo que comencé a escribir mis primeros poemas al garete en cuestiones sentimentales, dejando en el olvido mis suplementos de Spirit y del Capitán Marvel. Escribía supuestos poemas amorosos que por fortuna nadie leyó, ni siquiera la musa. Aquellos días fueron un caos. Un laberinto. Deseaba que me salieran bigotes. Quería crecer. No conseguía una salida. Mi niñez persistía.

Entonces vi la empalizada encendida de cundeamores y me dije “si le regalo un cundeamor, ella pensará obligatoriamente en la palabra “amor” y me mirará con otros ojos”.

Los agarré todos y escogí el que se veía más bonito y parecido a un corazón. Caminé hacia su casa. La descubrí a la distancia con un vestido que nunca le había visto. Estaba jugando con un perro blanquinegro: el animal corría hacia todas partes buscando una pelota que ella lanzaba con ese brazo que Dios guarde. Se veía preciosa. “No va a poder seguir pichando” pensé al percatarme de que sus senos protagonizaban una entrada soberbia al mundo de la adultez.

Ella notó mi presencia y salió hacia la calle. Las palabras largamente ensayadas se enredaron en unas tuercas interiores. Le extendí el cundeamor.

-Momordica charantia…-dijo. Su boca podría haberme aniquilado cuando pronunció aquello. Creí que se había convertido en una chica extranjera. Además de crecer físicamente, sabía mil cosas que yo ignoraba.

-Ese es el nombre científico del cundeamor. Lo leí en el diccionario- agregó.

Tenía el fruto en la palma de la mano. Lo lanzó dos veces hacia el espacio como quien tira una moneda. Antes de entrar a su casa me miró desde una altura inimaginable. Y entonces comentó sin ningún atisbo de pasión:

-A mí me da grima el cundeamor.

 

 

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¿Por qué escribo?

Nunca he meditado el tema, con la cruda sinceridad que ello exige. He tenido a mano, igual que otros escritores, las bonitas y sencillas anécdotas, que por algo se parecen tanto: las maestras que nos ponían a escribir textos para la cartelera escolar, el primer libro que nos regalaron, de lo más emblemático: que si el Quijote, que si La Odisea, que si La montaña mágica y cosas así que uno no podía entender, pero que constituían la marca del elegido. Aunque las emociones y la pasión de leer se iniciaran como incendio en la paja seca, con la chispa de Los tres mosqueteros o con las novelas de Salgari, sin dejar de lado las historietas llamadas comics, y las novelas negras escritas por individuos que luego serían redescubiertos por su valía, como Chester Himes y Raymond Chandler.

Caer como una hoja en el agua de la literatura, en el río de la literatura, en el mar de la literatura, y sentir que vas y vienes, que te llevan y te traen, es descubrir un universo del que no te puedes escapar, y del que no quieres escaparte. Y hay un instante en que uno desea ser el torrente para atrapar hojas y hacerlas sentir lo mismo o algo parecido a lo que uno ha sentido. Es un torbellino de ese estilo, lo que le inocula a uno el vicio de escribir.

Pero eso aún no explica por qué escribo. Creo que todo ser humano necesita desarrollar una habilidad para encarar la existencia, para amar y ser amado, para apreciar y ser apreciado, para necesitar y ser necesitado. Ya se sabe que cada quién tiene la suya o que intenta ubicarla. Lo único malo con nosotros, los escritores, es que no parecemos necesarios, no parecemos remedio ni medicina para ninguna enfermedad. Es como si la gente pudiera prescindir de nosotros. Se repite, en el ámbito social: “ese es mi mecánico, ese es mi médico, ese es mi odontólogo”, nunca oirán “ese es mi escritor”.

Está claro que escribo para emocionar a los demás, para conmocionarlos, para estremecerlos. Aunque los atracadores logran eso con mayor frecuencia y efectividad. Lo bueno de todo esto, es que la gente tampoco exclama “¡ese es mi atracador!”.

En síntesis, en definitiva, con derroche de sinceridad: ¿por qué escribo? No lo sé, nunca lo supe y jamás lo sabré. Pero no me puedo arrepentir y me está vedado regresar al punto de partida. He recorrido demasiado camino deambulando con mis fantasmas y con los ajenos. Y es algo que me gusta mucho. Un oficio que podría caer en desuso, lo sé, pero que me satisface tanto como vivir. Y no le encuentro la explicación perfecta. Si pudiera hacerlo, la transformaría en cuento o en novela.