Gustavo Dudamel: La sinfonía del barrio

Todo encuentro interesante es casual

Cuando se vieron por primera vez tenían la misma edad: dieciocho años y eran tan diferentes como pueden serlo un muchacho alto y bullanguero y una muchacha pequeña y silenciosa, de 39 kilos. Ella mostraba una belleza fresca, sin adornos, bellezura de región. Él no cesaba de perseguirla con aquellos ojos atrevidos y ella juraba que se escondía en la nada, en el cuadrículo sin penumbra de aquel quiosco, porque era amiga de las muchachas que atendían el comercio. Fue a pasar un rato con ellas y el evento se le transformó en una misa completa, en un siglo de disimulos incómodos, por culpa de aquel muchachote juguetón con sonrisa de espadachín acorralador.

El armaba el grupo Sucre en Gaita y se reunían en su casa para ensayar. Una noche los gaiteros salieron hambrientos del ensayo y había ventorrillo de empanadas cerca de la casa. Todos corrieron en estampida gritando “!el que llegue último paga las empanadas!” y cuando él arribó en dos zancadas a la meta, ella estaba detrás del mostrador. El olor maternal de las empanadas pasó a segundo plano.

Frente a la joven se alzaba un muro de seriedad y Oscar Honorio se puso a bromear; la rodeó de palabras que eran como globos de ensayo desesperados a ver si ella agarraba alguno. Y en medio de varias cosas le dijo que tenía un grupo de gaitas. Ella le comentó que cantaba en el coro del Sistema. “Yo también estoy en el Sistema de Orquestas” aludió él. Después de eso la invitó al próximo ensayo de los gaiteros. Quería conectarla con su destino porque le gustó desde que la vio. Así empezó todo: ella ingresó al grupo de gaitas, la mamá y el papá de Oscar Honorio notaron inmediatamente que el bochinche gaitero de Oscar Honorio había incorporado una voz femenina.

-Yo me llamo Oscar Honorio Dudamel Vásquez… y tú ¿cómo te llamas?

-Yo me llamo Solange Coromoto Ramírez Viloria…

Así se conocieron Solange y Oscar Honorio. La madre y el padre de Gustavo Dudamel. Así fue la historia. Solange, nacida en Mene Grande, estado Zulia, había llegado desde su tierra natal para estudiar y trabajar en Barquisimeto. Esa relación se inició como una amistad entre estudiantes.

Ella cantaba en una coral del Sistema de Orquestas porque la música era uno de los asuntos que más le importaban. Fluía por la vida con la apariencia de un pajarito que se ha caído del nido en medio de una selva rugiente armada de colmillos, pero ninguna mujer nace sin coraje y parte de sus encantos es que en ella vibraba una fuerza de voluntad que lucía sus relámpagos y truenos como un aura protegiendo 39 kilos de ingenuidad.

Él era uno de los primeros músicos que se formaban en el Sistema. Ese cuerpo espiritual o ese espíritu corporal creado por el maestro José Antonio Abreu. El Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela. Una concertación para hacer belleza, donde todos se ayudan y se respaldan. Algo que va mucho más allá que un sistema dependiente de otros sistemas, porque la música abre caminos portentosos y desarrolla a los seres humanos. Tocaba el trombón con talento y sabrosura y de cierta manera su garbo, su elasticidad, iban muy bien con ese instrumento. Ah, sí: ese es el muchacho que tiene un conjunto de gaitas. Ah sí, la amiga con quien vivo me lo comentó.

El enamoramiento

Aquella muchacha le gustó tanto que se quedó instalada en su pensamiento, pero ella le sacaba el cuerpo a sus miradas, evadía las palabras que él enviaba directamente a sus treintinueve kilos. Oscar Honorio la galanteaba con ese desparpajo caribeño que arrastra el son como un ala, porque él, aparte de adorar la música clásica y de ensayarla todos los días, también se desvivía por la salsa y toda la música de ritmos embriagantes habidos y por haber.

Antes de que se hicieran novios, Oscar Honorio le llevaba serenatas a Solange. Ella sabía que él era alegre, fiestero, enamorador, porque se lo habían comentado las amigas y lo constataba sin esfuerzo, con solo mirarlo. Ella rechazaba aquella fácil simpatía masculina porque le desagradaba que no la tomaran en serio. Pero aquel muchacho le originaba emociones y no podía evitarlo.

Una noche, Oscar Honorio le llevó una serenata con un cantante de buena voz. Ella vivía con una prima hermana en un primer piso. Ellos se subieron a un banquito de la calle a manera de escenario. La prima de Solange advirtió “ahí vienen esos locos, trayéndote serenata, espero que no salgas”… y Solange respondió “claro que tengo que salir porque la serenata es para mí”. Ella se asomó. Era una serenata acompañada con un cuatro. El muchacho que cantaba la miraba como hipnotizado y Solange se veía obligada a mirarlo porque el empecinado cantante dirigía los ojos y la canción hacia ella poniendo cara de enamorado. Oscar Honorio se percató de que la serenata le estaba saliendo como un tiro por la culata, además de bochornosa y aunque resistió hasta el final por su don de caballero, nunca volvió a utilizar ese recurso.

El embarazo es embarazoso

¿Cómo se hace realidad un sueño? A veces uno no sabe que anda persiguiendo sueños mientras camina, estudia, trabaja, hace milagros con la fugacidad de los días. Pero Solange trataba de avanzar hacia metas ansiadas y entre una cosa y la otra aquel pueblo grande que era Barquisimeto le parecía un lugar agradable. Ella se iba apropiando de paisajes particulares, de sitios que la albergaban cálidamente. Y mientras tanto, el muchacho bullanguero se iba adueñando de sus sentimientos.

El asunto es que él trabajaba en una banda de salsa, tocando el trombón y ella acudía a los ensayos. A Oscar Honorio el trombón siempre le sonó con hondura. A Solange le agradaba escucharlo. En ese proceso de salir y seguir saliendo, se acostumbraron a estar juntos, y así se hicieron novios, como sin darse cuenta. Él aspiraba a desarrollar su carrera de músico dentro del Sistema de Orquestas. Ella lo que más anhelaba era ser madre, pero eso jamás lo confesaba.

Solange nunca exigía mucho. Entre las pocas peticiones que le hacía a Dios, la más importante era que le permitiera tener un hijo. Deseaba darle vida a un hijo porque a veces se creía desprovista de capacidad física para hacerlo. Estaba con Oscar Honorio, así tan enamorada y encariñada pero no salía embarazada. Ella se asustaba un poco y se martirizaba con eso: “Dios mío ¿será que no puedo? ¿será que no está en mí ?”.

Un día se sintió muy mal a causa de una amigdalitis. Vivía con una amiga y se enfermó tanto que la señora Engracia se la llevó a su casa porque tenía mucha fiebre. Dos días después se recuperó y regresó a su habitacion. Ya estaba embarazada pero no lo sabía. Sentía todos los sintomas, incluyendo los mareos, pero tenía la creencia de que a la mujer embarazada se le derrama la leche de los senos y ella no veía nada parecido a eso.

Decidió verse con una médica chilena llamada Berta Garzón, y cuando la estaba pesando la doctora le dijo “muchacha: ya tú vas para seis meses” y ella toda azorada le respondió “doctora ¿usted está loca? ¿cómo me va a decir semejante cosa?”. Ella había hecho un viaje a Colombia, se había caído de platanazo; empapeló el cuarto, movió objetos pesados y tomó antibióticos por la amigdalitis, porque no sabía que estaba embarazada.

Entonces le dijo muy preocupada a la doctora Garzón: “Ay, Dios santo ¡cómo estará ese niño!” y ella le respondió “quédate tranquila que el bebé está bien”.

Todavía algo incrédula, Solange le comentó a la doctora “es que no se me ve nada de barriga” y ella le aconsejó: “quítate el pantalón y verás que se desarrolla”. Y en efecto: a los cuatro días la barriga le creció así, rapidito, y empezó a usar ropa más ancha.

Hay que decirlo

Una noche del mes de septiembre de 1980, durante la feria de Barquisimeto, la banda donde tocaba Oscar Honorio alternaba con la orquesta cubana Son 14. Solange se le acercó a Oscar Honorio y le dijo “debemos hablar un asunto”. En ese momento, quizás por las luces de la fiesta, él la notó distinta. Pensó ¿qué es lo que le ha cambiado? Ella quería decirle algo pero lo llamaron para que subiera al escenario a tocar de nuevo.

Cuando el número de la banda salsera terminó, Oscar Honorio y Solange se fueron detrás de la tarima y se sentaron en el piso. Eso fue en la calle 60 con la calle 13, en una esquina del lugar que se llama Pueblo Nuevo. Entonces, en medio de aquella noche de algarabías ella le dijo “estoy embarazada”… y él se puso pálido como luna menguante. Ella lo observó: era un muchacho asustado. Pero casi de inmediato Oscar Honorio pensó “tengo que responder y salir adelante” y para comenzar con ese proceso estaba obligado a decírselo a su mamá y a su papá.

Además de estar en el Sistema de Orquestas, él estudiaba en el liceo. Se levantaba muy temprano y encontraba en la cocina muy despiertos y atareados a su papá y a su mamá. Abría la boca para contarles que su novia había salido embarazada. ¿Tú tienes novia? le iban a preguntar, segurito, porque ellos sólo veían a Solange como voz femenina del conjunto de gaitas. Ay, Dios. Él les decía “tenemos qué hablar” pero aprovechaba cualquier pretexto y se escapaba de las conversaciones. Así estuvo como quince días. Solange le preguntaba “¿ya le contaste a tus padres?” y él respondía “hoy les digo”. Hasta que al fin pudo soltarles el retumbante mensaje: “Sol está embarazada”. Ahí mismo pensó que escucharía algo así como “pero por favor ¿y quién le hizo eso a esa muchacha tan jovencita? Caramba con los hombres tan irresponsables… ¿quién ha sido el malvado?” y por eso fue que de una vez confesó: “yo soy el papá”. Y la señora Engracia se molestó mucho, tocó la trompeta del juicio final como toda mamá, pero su papá no se alteró: solo le dijo enfáticamente “tienen que casarse”, mientras la señora Engracia repetía atormentada “mi niño no se casa”…

Casarse o no casarse

Don Honorio Dudamel, el padre de Oscar Honorio, le había conseguido un puesto de secretaria a Solange en la empresa donde él trabajaba. Natalia Piai, la gerente de la empresa, y jefa de Solange, era una de las mejores amigas de doña Engracia y de la familia. Natalia conocía a Oscar Honorio desde niño y lo quería mucho al igual que a los demás hijos de Engracia.

Apenas la señora Engracia supo lo del embarazo se lo contó a Natalia y ella inmediatamente felicitó a Solange. ”¿Por qué me felicita si yo no cumplo años?” preguntó Solange. “Por el embarazo, hija” le respondió. Pero a continuación vio en Solange un gesto de incertidumbre. La voz de Natalia era bondadosa y suave: “Cuéntame lo que te pasa, mija”. La muchacha estaba preocupada porque la señora Engracia no quería que su hijo se casara todavía y Oscar Honorio se había puesto muy nervioso.

Solange le había dicho a Oscar Honorio “ yo tengo mi niño y ya está, para mí no es ningún problema… ”, pero Natalia no estuvo de acuerdo con esa actitud y le dijo “vamos a arreglar todo” y se llevó a Solange a pormenorizar las diligencias del matrimonio. Iban caminando con mucho empeño a través de calles y trámites y de vez en cuando conversaban esas cosas que alivian y le dan ánimo a las mujeres. Hoy en día, Solange cuenta que cuando iban saliendo del edificio Nacional, Natalia se consiguió un paquete que tenía 400 bolívares. Solange le pasó por un lado a los 400 bolívares y Natalia que venía a continuación, lo vio y lo agarró, diciéndole enseguida, con mucha emoción: “mira Sol, mira lo que me conseguí, esto es para que le compres la ropa al niño”. Era un dineral. Solange siempre ha pensado que Natalia fingió aquello para regalarle los 400 bolívares. En esa época, Oscar Honorio ganaba como músico 15 bolívares.

Casi treinta años después, satisfechos y tranquilos con ese amor que han mantenido con calidez y nobleza, Oscar Honorio y Solange Coromoto recuerdan aquellos aconteceres. Solange es muy serena y justa al hablar. No exagera, no minimiza, dice lo que contiene su memoria:

-Un día llega a la empresa la señora Engracia… ella estaba muy molesta conmigo, como toda mamá cuando se entera de que el hijo ha embarazado a alguien o la hija está embarazada. Y Oscar Honorio era el toñequito de la casa, era muy consentido de su papá y de su mamá. Bueno: la señora Engracia llega y Natalia me llama y le dice a la señora Engracia “venga para acá, comadrita: hay que solucionar ese problema”, pero doña Engracia no me quería hablar. Entonces Natalia le dice “ya usted va a ser abuela, comadrita”…

Solange se detiene porque la palabra “abuela” fue fundamental en aquel momento. No lo expresa pero se percibe que ocurrió así.

-La señora Engracia me habló y me abrazó y al día siguiente fuimos juntas a comprarle las cosas a Gustavo. Yo no me quería mudar para la casa de mi suegra pero después que nos casamos ella me fue a buscar, y me dijo “vámonos a la casa para que tengas al niño”.

Ignoraban si era niño o niña, pero la familia preparaba todo para su llegada. Le mandaron a hacer en Acarigua el portabebé, los recuerdos y el moisés, pintado a mano y forrado en tela vichy amarilla. Escogieron ese color precisamente porque cuando no se sabe si todo va a ser rosado o azul se usa el amarillo. De todas maneras, niña o niño, estaba bien claro para la familia Dudamel que Natalia sería la madrina.

La radio encendida

Oscar Honorio es un hombre de cáracter afable. Habla con apasionamiento pero como quien camina evadiendo obstáculos: conlleva el estilo del Sistema de Orquestas que el maestro Abreu ha reforzado con la disciplina de decir siempre la verdad o lo que se aproxime más a ese ideal. Él comenta, entrando en la dimensión de los recuerdos:

-La doctora que trató a Sol le recomendó que le pusiera música a la barriga, al niño, para que durmiera con música. En Barquisimeto hay una emisora que se llama Radio Tricolor, es una AM, que existe todavía. Era la única emisora en el país que trabajaba las 24 horas. Metíamos el aparato de radio debajo de la cama y dormíamos con ese artefacto encendido. Ahí ponían rancheras, vallenatos, de todo. Lo menos que la barriga escuchaba ahí era Mozart y Beethoven, te lo puedo asegurar. La música clásica vendría después de nacido.

A Solange le comenzaron los dolores de parto. Llegaron al hospital a las once de la noche, el domingo 25 de enero de 1981 y a las cuatro de la mañana del lunes 26 la devolvieron, diciéndole a Oscar Honorio “ella no va a parir todavía”. Regresaron a la casa y ella lloraba a causa de los dolores. A las once de la mañana volvieron al hospital y la metieron al pabellón y ahí mismo la sacaron. Oscar Honorio se puso muy molesto porque la veía sufrir y los médicos decían que todavía no iba a parir, y resulta que a las cuatro de la tarde dio a luz a un varoncito que pesó tres kilos novecientos gramos, casi cuatro kilos y medía 52 centímetros.

Nada mal para una muchacha calladita y sencilla, que unos meses antes apenas pesaba 39 kilos.

-Yo era una muchacha de 39 kilos y la barriga me creció tanto que terminé pesando 73 kilos… -indica Solange.

Viviendo con la música

En la casa, Oscar Honorio ensayaba todos los días. Sigue conservando ese hábito: es una manera de mejorar las técnicas y de mantenerse activo. Solange se iba a trabajar y Oscar Honorio se quedaba en casa con la señora Engracia y con el niño. Los ensayos de la orquesta de salsa eran por la noche. Él se formaba con la Orquesta Juvenil y tenía que estudiar el trombón en su parte clásica todo el día. Colocaba el atril, sacaba su trombón y sentaba a Gustavo en su cochecito en medio de la sala. Oscar Honorio se ponía toca que toca el trombón y Gustavo lo miraba y lo miraba, con los ojos muy abiertos, casi sin parpadear.

Cuando Oscar Honorio habla, flota una sensación de felicidad pospuesta, de sorpresa detenida en el tiempo. Él y Solange observan perennemente asombrados el proceso vivido por su hijo. Como existiendo sin hacerle bulla para que no despierte de ese sueño extraordinario.

-Él estaba muy niño, y me escuchaba tocando el trombón… ahí empezó mi papá a comprar Mozart, para que yo escuchara las obras clásicas que iba a tocar… y el niño las oía también… Gustavo Adolfo fue creciendo, creciendo, creciendo… su mamá estaba en la Schola Cantorum del Sistema y él la acompañaba a los ensayos… y empezaron sus juegos: se le compraban juguetes tradicionales pero él se apegaba más a los juguetes musicales…

Solange agrega:

-Mi hermano le regaló una flauta dulce…

-Él agarraba todas las latas y tocaba… yo soplaba el trombón y él tocaba una lata. Tú nunca crees que tu hijo va a ser músico, simplemente piensas que todo niño copia. Cuando yo era niño jugaba a ser camionero, porque mi papá cargaba una gandola… lo menos que jugué fue a ser músico. Gustavo Adolfo tocaba y tocaba. En la casa había muchos instrumentos, cuatros, guitarras, requintos, maracas, claves y él agarraba todo eso, y le daba, hacía ruido, porque si te digo que a los dos años le sacaba música te estoy mintiendo, hacía ruido… pero tú ya veías la inquietud del niño que no era como otros…

-No… no era como los otros niños… -murmura Solange.

Clásica y popular

-En las fiestas, los niños siempre andan corriendo… yo lo llevaba a las fiestas donde tocaba la orquesta… -rememora Oscar Honorio y se le vienen a la mente aquellas imágenes.

(Ya están colocados en sus sitios la batería, los timbales, la tumbadora, en cada silla vacía hay un clarinete, un saxo, una trompeta, un trombón, una guitarra, un cencerro. Sólo falta que los músicos suban a la tarima. En el patio, entre matas de limón y de naranja, varios niños corren jugando a que son héroes de alguna aventura. Las niñas también participan y alguna dispara con sus dedos graciosos varias ráfagas mortíferas hacia Gustavo Adolfo, quien la mira sorprendido y pero regresa a las carreras y los gritos hasta que comienza a sonar el micrófono: “Sí, sí, aló”.

Gustavo se detiene en seco y la niña que le había disparado se queda asombrada porque él le sonríe y muestra dos hoyuelos en las mejillas. Ella se imagina que fueron dos balazos. Gustavo Adolfo corre hacia donde está la orquesta, busca una silla y la coloca enfrente de los músicos para verlos. Los demás niños siguen en sus juegos. Gustavo observa a cada uno de los músicos y escucha cómo tocan sus instrumentos. La gente baila cerca y él no se mueve: se sabe que está haciendo algo que le interesa porque de vez en cuando sonríe feliz. Y sólo se levanta cuando termina el set.)

Oscar Honorio habla y completa la visión:

-Escuchaba la orquesta de música popular, pero también escuchaba la música culta. Su mamá lo llevaba a los conciertos. En aquel tiempo se hacían muchos conciertos en el teatro Juárez. El niño se ponía bravo si llegaba tarde porque a él le encantaba sentarse en la primera fila, y en la primera silla. Los directores para la época eran Leonardo Panigada y Tarcisio Barreto, todavía Tarcisio Barreto es director de la Sinfónica de Lara. Solange cantaba en el coro. Lo dejaba allá abajo sentado y ella subía. Yo digo que ahí hubo esa mezcla de lo clásico y lo popular… te puedo hablar como músico y no como papá: Gustavo tiene una energía especial, es un director de música académica extremadamente latino, es lo que transmite… porque él se nutría en las dos vertientes: él estaba entre la música popular y la música clásica y las dos le gustaban…

La charrasca

Chiquitico y delgadito, Gustavo le echaba mano a cuanta cosa podía repicar, tocar, charrasquear, pulsar o soplar, hasta que le llegó el violin y se encariñó con ese instrumento. Sólo él puede saber lo formidable que fue su oído musical desde que tuvo noción y consciencia.

Pero según lo que cuenta Oscar Honorio, no fue el violín lo que el niño aprendió a tocar primero: cuando Gustavo era más grandecito agarraba el cuatro y lo tocaba de oído sin que nadie se lo hubiese enseñado.Y mientras cantaba, afinaba correctamente el instrumento.

-Yo para hacer eso con el cuatro duré como dos años con el maestro Pablo Canela llevando regaños… uno veía que Gustavo tenía oído, pero todavía uno no creía… -comenta Oscar Honorio.

El Club Comercio era famosísimo en Barquisimeto y lamentablemente ya no existe. Pero ahí, cuando era un niño, vio el maestro José Antonio Abreu su primera ópera. Comenzando los ochenta usaban todavía el club para hacer fiestas. Una noche tocó la banda salsera donde Oscar Honorio tigreaba con su trombón. La familia entera iba adonde él estuviera tocando.

-Gustavo no vio una ópera en ese lugar sino una orquesta de salsa. Lo cierto es que esa noche, cuando tocábamos un merengue de Oscar de León, comenzó a sonar una güira. La güira merenguera es sumamente difícil, porque es cerrada y adentro lleva unos granos… cuando todos los músicos volteamos sorprendidos, vimos a Gustavo detrás de la consola: estaba tocando la güira y no se equivocaba… en esos días realizaban las audiciones para el Conservatorio Jacinto Lara, del Sistema y le dije a mi mamá: “llévenlo” porque imagínese… ese niño… y lo llevaron… y ahí arranca su carrera, su música…

-En aquellos tiempos Gustavo quería tocar el trombón pero no podía, porque tenía los bracitos muy cortos para el instrumento. Ahora a los niños no les ponemos una limitante porque tenemos trombones pícolos, trompetas de vara. Se le insinuó la trompeta y a él no le gustó. Entonces le pusieron en las manos un violín…

Gustavo hacía conciertos como solista y siempre cerraba los festivales de música infantil. Recuerdo una vez que venía retardado desde Ciudad Bolívar y no pude llegar a tiempo. El concierto era en la Capilla del Museo de Barquisimeto y estaba terminando. Allí no cabía la gente. Me asomé y vi a Gustavo tocando el violín… cuando terminó aquello se estremeció con una ovación… yo creo que eso también constituyó un estímulo… la ovación era un estímulo que lo hacía seguir y seguir estudiando…

-En una ocasión –comenta Solangel- Gustavo tenía un concierto con un acompañamiento de piano en el Museo de Barquisimeto. Y Gustavo andaba quebrantado, con mucha fiebre. Yo le dije “no vayas a tocar enfermo, Gustavo, que te puede dar algo”. Pero él se empeñó en que tenía que realizar el concierto y lo hizo… con aquel fiebrón… y era que tenía lechina… tocó violín con lechina…

La memoria presente

El ventarrón infernal de autobuses y carros presiona el trabajo silencioso de la vegetación caraqueña. Parque Central ha madurado con deterioro; el escaso mantenimiento de la urbe resquebraja sus orígenes. En algunos lugares las aguas se deslizan verdosas. En ese escenario destacan Solange y Oscar Honorio. En ella se nota con facilidad la dulzura cotidiana que atrajo a Oscar Honorio y la firmeza de carácter que lo mantuvo a raya. No pesa 39 kilos pero sigue siendo una figura leve. Oscar Honorio también está en buena forma, con su elegancia natural y su desenfado juvenil. Es él quien cuenta:

-Ayer hablaba con una amiga sobre la crianza de los hijos porque ella tuvo dos pérdidas… y refiriéndose a Gustavo, ella preguntaba ¿y de dónde salió ese muchacho así? Y yo le comentaba que los valores indudablemente son primordiales, los valores llevan mucho amor. Cuando un niño se cría con mucho amor su personalidad lo asimila…

Y explica:

-Cuando nosotros nos casamos estaba en sus comienzos el Sistema en Barquisimeto y la situación económica era muy dura. Yo trabajaba, compartía mi música académica con la música popular. En aquella temporada vivíamos con mi mamá y mi papá. Era un apartamento pequeño… en el cuarto derecho de atrás dormíamos ella, Gustavo en su cuna, y yo; en el cuarto del frente mis dos hermanos y en el otro mi papá y mi mamá. Entonces era un niño que no pisaba suelo, todo el mundo lo cargaba, lo quería, y como ocurre en cualquier hogar: veía discusiones por supuesto, y eso le fue dando una personalidad diferente al niño… él veía y notaba a su familia… él siempre lo ha dicho: “mi abuelo y mi abuela eran los señores mayores de la casa y mi papá y mi mamá eran unos jóvenes”…

La guardería

-A los abuelos no les gustaba que uno le llamara la atención a Gustavo… como todos los abuelos… -comenta Solange-. Cuando Gustavo Adolfo tenía dos años y medio, decidí ponerlo en la Guardería Los Pícaros y los abuelos no querían que fuera a una guardería. Gustavo vivía entre puros adultos y claro: tenía mucho amor, mucho cariño y uno jugaba con él, pero yo quería que compartiera con otros niños… y de hecho fui en contra de la voluntad de ellos y lo metí en la guardería. Yo lo llevaba en buseta… los primeros días Gustavo lloró un poco, después se quedó tranquilo porque supuestamente le empezaron a gustar las piernas de la asistente de la maestra… la asistente se llamaba Eloísa y él alabó sus piernas, así chiquitico como estaba… Gustavo Adolfo era un niño demasiado precoz, era sorprendente… después, al tercer día, Gustavo decía que le agradaba la escuelita… él hablaba clarito…y la verdad es que las piernas de Eloisa eran muy bonitas…

La señora Engracia iba en carro, le daba vueltas a la guardería y manejaba hasta la oficina donde trabajaba Solange. Allá le comentaba que había escuchado a Gustavo Adolfo llorando y le insistía “vamos a buscarlo”. Solange se sentía culpable porque pensaba que le estaba quitando la comodidad que el niño tenía con su abuela. Se le aguaban los ojos. Y mientras tanto, en la guardería, Gustavo se adaptaba rápidamente, aunque un día le dijo a la profesora “ábrame la puerta que me quiero ir” y la maestra le preguntó, ¿cómo te vas a ir, Gustavo Adolfo? Y él, agarrando su lonchera cual ejecutivo con maletín, le respondió: “en taxi”.

La equivocación

-A veces la gente cree que Gustavo fue criado fuera de los padres… -cuenta Oscar Honorio- una vez estábamos en un ensayo de Gustavo y no dejaban pasar a nadie. A nosotros sí nos permitieron la entrada y alguien dijo, como para explicarlo: “esa es la mamá de Gustavo” y salió un señor por allá, muy malhumorado, gritando “!ahora sí es la mamá de Gustavo!”. Sentí mucha rabia porque fue un desaire… la única vez que nosotros nos separamos de Gustavo fue en el año 1997, porque yo me vine a trabajar a la ciudad de Maracay, pero nos separamos por ocho meses… a los ocho meses el maestro Abreu se trajo a Gustavo para Caracas y nosotros viajábamos todos los días de Maracay a Caracas a visitarlo… Solange venía a lavarle la ropa…

Oscar Honorio observa las copas de los árboles o las ventanas enrejadas de los edificios, mientras hace una pausa. Su voz ahora es más baja:

-Siempre hemos tenido una conexión muy grande… Gustavo decidió que nos llamaría desde cualquier parte donde estuviera y así lo hace… si estoy enfermo él llama, si su madre está triste él llama, como si adivinara… es increíble… él me dice: “tú eres mi mejor amigo, papá, porque eres la persona a quien le cuento las cosas que no le cuento a nadie”, y yo le respondo igual: “tú eres mi mejor amigo, hijo, por la misma razón” …

El tema del hijo único y del por qué no tuvieron otro, es evidente cuando se habla con ellos. Solange vierte una explicación sincera del asunto.

-No tuvimos otro hijo por cosas de Dios… nosotros no nos cuidamos… Gustavo Adolfo, cuando pequeño, me decía “mami yo quiero tener un hermanito” y yo le decía “hijo: eso es pronto” y él iba creciendo y me preguntaba “ ¿cuándo mami, cuándo?”.

Sobre los nombres

Ellos siempre lo llaman Gustavo Adolfo. Suena tan serio ese nombre de Gustavo Adolfo. Podrían habérselo puesto pensando en el poeta Gustavo Adolfo Becker, pero no fue así. Lo cierto es que Gustavo Dudamel estuvo a punto de llamarse Alan Deiter.

-Yo siempre sentía que deseaba un hijo varón, de hecho generalmente comprábamos cosas que fueran más hacia los niños que hacia las niñas. En el hospital la señora Engracia le pasó un papelito al doctor con tres nombres: Gustavo Adolfo, Alan Deiter y Solange Patricia, por si era una niña, y yo le dije “señora Engracia: es más lindo el nombre Gustavo Adolfo” y así se quedó… es un nombre que a mí me encanta… no le quise poner Oscar porque he conocido varios Oscares y son tremendos…

Oscar Honorio no se da por aludido. Solange apenas sonríe. Es como el estilo en que ellos continúan los juegos verbales y las bromas que iniciaron en un quiosco de empanadas. Solange habla poco, pero disfruta realmente si se trata de rebobinar la infancia de su hijo.

-Gustavo siempre fue un niño muy creativo… con los otros niños de la urbanización formó un club que se llamaba “ Antonio José de Sucre”… tendría Gustavo Adolfo como ocho años y ya mostraba esa parte de liderazgo… él organizaba algo y la señora de abajo, llamada Florinda, como la del Chavo, les proporcionaba espacio. Ahí se conformó el club y ella era la secretaria… imagínate… los niños hacían eventos y concursos… una vez Gustavo se ganó el premio del payaso del año… él siempre ha sido muy chistoso, él tiene ese carisma de ser chistoso, y de imitar… imitaba a sus profesores…

(En Barquisimeto dicen que la primera vez que Gustavo dirigió una orquesta fue porque el y otros niños esperaban y el director estaba retrasado. Entonces Gustavo se puso a imitarlo y ellos a tocar. De repente la orquesta estaba sonando y Gustavo ya no bromeaba).

Oscar Honorio colabora con el recuerdo:

-Él hizo un dúo con un vecinito, el Dúo larense lo llamaban… Gustavo tocaba el cuatro y el otro niño cantaba… ellos tenían tarjetas que hacían a mano, y amenizaban fiestas, el otro niño se llamaba Ricardo… la presentación era muy graciosa: Gustavo anunciaba “aquí está el dúo larense para amenizar el ambiente” y el niño Ricardo gritaba ¡ajúaaaa!… ellos se presentaban y los contrataban y todo… los llevaban a fiestas… Gustavo era muy chistoso…

Fragmento del libro: Gustavo Dudamel: La sinfonía del barrio. José Pulido. Los libros de El Nacional. Caracas 2011.

Gustavo Dudamel, Eloisa de Dudamel, Miguel Henrique Otero, Karla Ceballos y José Pulido en la presentación del libro Gustavo Dudamel: La sinfonía del barrio

 

4 comments

  1. Que hermoso ese fragmento,comprare el libro. Es una historia contada de una manera tan sencilla y entretenida, que uno se va dejando llevar y se mete en ella con facilidad.La disfrute mucho

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