Una mazurkita en La Mayor

Capítulo I

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Cabrerita desbocado

Cabrerita se pega la guitarra al cuerpo al sentir una sucesión de ramas golpeándola, como si los dedos oscuros de la madrugada quisieran quitársela, pero continúa corriendo a través de un túnel de sombras y fantasmas vegetales. Un eco profundo, como un viento llorón, se queja entre su cuerpo y su guitarra. Va por la orilla del camino quebrando palos secos, aplastando pepas, semillas; espantando lagartijas y conejos. Cuando escucha que vienen un caballo o una carreta, se interna en el monte para no dejarse ver y paga el clandestinaje aporreándose contra piedras y peñascos, sembrados como ruinas en la espesura. El sombrero, atado a su espalda por una tira de cuero, flota y aletea, pero ni lo percibe; su corazón alcanza un ritmo de locomotora: podría componer cualquier canción con ese retumbar que le ahoga, pero sus sentidos están obsesionados en llegar a Masaya, conseguir cuatro patas y salir inmediatamente hacia Managua.

No le aclaró cómo lo supo, pero la telegrafista entró a su casa a medianoche y le dijo que estaban tejiendo una maraña para matar a Augusto y él no pudo comer más los frijoles aliñados que había estado cocinando medio aletargado, en la soledad de unas paredes que se le desplomaban encima.

La vio extinguirse, como una mancha rosada sin cabeza, entre las estromelias y los acacios de la calle y se dio cuenta de que no poseía caballo ni dinero, solo sus botas y la guitarra española que ya tenía una araña viviendo en la boca.

En 1840 el país censaba apenas trescientos mil habitantes: noventa mil mestizos, seis mil negros, tres mil blancos y un poco más de doscientos mil indios. Aquellos tres mil blancos eran los dueños y como minoría poderosa desarrollaron un mecanismo que impedía cualquier progreso individual a los hijos ilegítimos. Ese mecanismo aún seguía en marcha en este año de 1934. Su amigo Augusto Calderón había sufrido siempre el morbo de la discriminación.

Cabrerita sigue corriendo, alborotando a los pájaros dormidos. En Niquinohomo todos los pobres estaban asustados, tocó puertas y no hubo quien le prestara una bestia y ni siquiera le supieron aclarar si hoy es 17 o 18 de febrero. Cabrerita solo podría jurar que se trata del año 1934. Va corriendo perseguido por su propia ráfaga y para distraerse piensa en la historia, en su existencia y la de su amigo, pero no puede librarse de un miedo tormentoso: intuye a la muerte corriendo adelante. Augusto se encuentra en Managua, hospedado en la casa del ministro Sofonías Salvatierra. De allí ha dicho que irá a la residencia del presidente Juan Bautista Sacasa, para sostener una conversación que cree necesaria.

En 1912 los conservadores gobernaban Nicaragua y firmaban negocios chatos con Estados Unidos. Los liberales se opusieron a estos manejos y el gobierno norteamericano envió 2.700 infantes de marina que ocuparon el país y arrasaron la ciudad de León. Catorce años después Augusto César Sandino combatía el intervencionismo y no se cansaba de criticar la debilidad de los gobernantes nicaragüenses. Juan Bautista Sacasa era uno de esos débiles mandatarios. Cuando la infantería de marina salió de Nicaragua, el año pasado, Sandino firmó un armisticio con el gobierno nacional.

Papeleos, habladeras, tantos meses desperdigados, desunidos, amigos fragmentados, cada quien solitario diciéndole al hambre que el frijol es bueno, engañando al rencor íntimo, susurrándole que la pelea ha terminado.

Su amigo primitivo y arrasador, intuitivo y tenaz, Augusto Calderón, debatiéndose en un mismo cuerpo de 39 años, con la mente clara, romántica, cortante y constante, de su General Augusto César Sandino. No sabe a cuál de los dos van a matar, pero corre como si a él también lo quisiera la muerte.

Sandino es un hombre terco, de una sola pieza, con una moral de granito; es feroz y le subyuga una vena poética, pero cree que todo el mundo tiene en el fondo una piedra ética como soporte fundamental. “No hemos debido ir a la escuela ¿para qué aprendiste a leer, maje? esos libros traicioneros, prófugos de la vida, palabras ahogando la insensatez ardiente de Niquinohomo”.

Augusto es porfiado, venático, una mulía pateando el firmamento, pero no es hombre de seguir consejos y menos del músico que siempre ha estado cerca para alentarle el decaimiento y el cansancio.

Cuántas veces han llegado al claro de una montaña con el esqueleto desajustado, el cuerpo adolorido de tanto cabalgar, el brazo caído de apretar el gatillo y lanzar machetazos y Cabrerita ha encendido la mecha de un baile en pleno monte, alrededor de un fogón y Augusto ha recuperado el habla y la energía porque al escuchar música se endereza y mueve las piernas, llevando la cara seria y arrogante del General Sandino, paralela al rostro frenético y vehemente de una guerrillera.

No escucha consejos prácticos, se lanza contra la bruma, se despeña si hay que despeñarse y no sabe de nombres ni de hechizos. ¿Cómo confiar en Sofonías, Sacasa, Somoza si comienzan con la misma letra de Sandino, pero son hombres jalados por la nariz, como bueyes, por otro rumbo?

Fíjate, Augusto, que Somoza es un jodío de mala espina, un barrigón con rostro de hacendado extranjero, un doble cara esperando un huequito nomás para cogerse todo; un hombre que se esconde detrás de sus guardias y carga revólveres de adornito: manda a otros a usar los suyos. ¿Qué va a ser de fiar? Cabrerita mueve las piernas y la guitarra se empapa de rocío, se moja con salpicaduras de sudor. Se le van a salir los ojos, los tendones, el bofe, pero ya Masaya está más cerca, reconoce la silueta vegetal y piensa que ha llegado el instante de recuperar energías. Se sienta en la orilla de un cauce seco cuyas piedras susurran bajo sus botas. Deja suavemente la guitarra en el suelo y busca oxígeno para apaciguar su corazón. Augusto ha compartido con él la atávica sanguinidad de la música; la pasión de amanecer viendo levantarse el sol por encima de una bailarina que se suelta y se bate, que se acerca y cae en los brazos. Pero la primera vez que le acompañó en un combate le enseñó que había estado ciego toda la vida, porque Cabrerita creía que el mundo era nacer, crecer, vivir, sentir, agotarse y morir.

Si lo que tengo es este cuerpo endeble, con ganas de gastarse en diversión y bulla, este cuerpo que para sobrevivir ha subido matas de guayaba, ha desafiado culebras en el cafeto y ha bebido agua de ríos con meados de vacas ¿cómo lo voy a desperdiciar de un solo golpe? ¿por qué voy a joderme con alguien a quien nunca he visto y con quien no he tenido un pleito personal?

Augusto le preguntó ¿encima de dónde estás tu? de la tierra, dijo él. ¿Naciste en esa tierra? ¿Cómo se llama? siguió Augusto. Nicaragua. Ahora dime lo que es Nicaragua para ti, cuántas cosas de tu tierra son tuyas.

“Maje loco, individuo atronado” piensa ahora Cabrerita y sonríe. También le enseñó a ser puntual y a cumplir su palabra. Si no tienes ética tu espíritu se atrofia. O tienes ética, Cabrerita, o posees riquezas materiales. No es posible tener ambas cosas. Las riquezas materiales deben ser de todos por igual o se convierten en bienes agresivamente inmorales.

Entonces vine yo de boca floja a preguntarle “y… ¿qué es ética?” lo cual me tiene desperdigado en estos días, vagando de un lugar a otro, ético y solo, sin mujer ni parcela, sin que este rencor se me aplaque y viendo un conejo agazapado cuando ando sin revólver y sin tiempo para cocinar.

—Coño, General: estoy más ético que un muerto.

No ha podido quedarse fijo en un sitio, es un hombre de campaña, de zapateos, de campamentos; añora aquella existencia, aquel ardor patriótico. Augusto creía que era necesario quemar una etapa de conversaciones por un tiempo largo, pero a él, a Cabrerita, le olía mal el aire y se aferraba a su amuleto de la buena suerte. “Comparto este amuleto contigo y con todos los compadres” conjuraba, hechizaba. La madrugada se tornaba más fría como si el sol retrocediese y por eso se levantó y caminó antes de echar a correr otra vez.

El terreno era demasiado rocoso allí para correr, pero anduvo con celeridad. Sintió una angustia imprecisa y salió al camino, donde la luna, medio cubierta por una nube, no alumbraba porque apenas tenía un pedazo de cara encendido; sin embargo bastaba para hacer fosforecer la tierra y para rebotar en la madera brillante de la guitarra, como si todo este tiempo hubiera estado encerrada en el instrumento.

—¿Qué es lo primero que harás al llegar a Masaya?

—Tan pronto escuche el “saludes, compita”? pedir un pocillo de agua y beber hasta que el estómago suene cada vez que me mueva.

—No: pide un trago de caña para aclarar ideas.

—¿Qué estás discutiendo conmigo? lo primero que debemos hacer es pedir prestado un caballo y enseguida preguntar la hora y el día. Nadie nos va a enredar esta vez con que hay una fiesta en tal lugar y se necesita un músico para que ponga a bailar a la gente.

No habrá mujer hembra bien bañada y peinada con aceite de quina, que le obligue a quedarse cantando, bailando, bebiendo, prófugo del almanaque, aunque le invite a matar grillos. Este es un asunto serio, Cabrerita, y hay que volar como si el apocalipsis amenazara los poblados. Matar grillos es lo mejor. Nadie desea realmente aplastar a esos insectos cantores, pero nunca aprenden a escaparse de una grupa femenina y un acezante hombre cayendo de rodillas.

Cuando Sandino regresó a Nicaragua, todos ellos, en los solares de Niquinohomo, escuchaban las palabras que venían brillando como el oro desde las oscuras minas de México, Honduras y de la misma Nicaragua. Palabras que brotaban de pozos con aire envenenado, de socavones mortíferos, que estallaban como la dinamita y se transformaban en volcanes escupiendo lava. “Quiero cien hombres que amen a Nicaragua como yo” decía y comenzaba a contar:

—Un hombre, dos hombres, tres hombres…

Hay plantas que rasguñan el cuerpo, que lo hacen enrojecer, que le clavan espinas como uñas de gavilán. Siente espinas metidas en las mejillas, en el pecho, en los brazos; espigas pegostosas o engrifadas de pelitos que se adhieren a la ropa, a los ruedos del pantalón; le zumba la cabeza, le palpitan las sienes, cierra los ojos y avanza a ciegas un segundo por entre las breñas, deseando ser murciélago para comerse una fruta con solo pasar al lado y cagar sin tener que detenerse. Un murciélago para no chocar con tantos obstáculos en su avance angustioso, cortando camino por el tripaje de la oscuridad.

Cabrerita cree que se parece a un grillo, que inclusive adora cantar como los grillos y es tan flaco como cualquiera de ellos. Quizás por eso siente que de un momento a otro la noche lo va a aplastar.

—Ojalá que no haya baile allá arriba —dice, mirando las nubes caprichosas.

El 5 de agosto de 1914, dos años después que los marines ocuparon Nicaragua, se firmó el tratado que los gobiernos de Estados Unidos y Nicaragua llamaron Chamorro-Bryan. Con ese papel los Estados Unidos pretendían construir un canal entre los dos océanos por la vía del río San Juan y el Gran Lago de Nicaragua. Si se hacía ese canal, Estados Unidos tendría derecho a quedarse entre los nicaragüenses hasta el año 2013, más o menos y Cabrerita cree que nunca habrá una fecha así ¿cómo no se va a acabar el mundo de aquí hasta allá? la señora Modesta Ramírez, lo más viejo que ha conocido encima de dos pies, murió a los 108 años y eso porque se levantaba a las cinco de la mañana y se acostaba a las seis de la tarde. No bebía, no fumaba, no bailaba, sembraba y cosechaba todo el tiempo y ni siquiera había tenido un hijo. Su cuerpo murió entero, sin descoyunturarse.

“Lee aquí, lo que dice ese malnacido tratado” decía Augusto y releía cada hoja, cada párrafo. Una furia enorme, inagotable, hasta irracional, se elevaba a través de su garganta, de sus ojos, de su piel. Se desquiciaba de patriotismo con esos librotes, caminaba, se devolvía con un lápiz detrás de una oreja y golpeaba los terrones con los tacones de sus botas.

Cabrerita siente que no puede avanzar más; respira hondo y no se alivia; las plantas de los pies parecen abiertas, le duelen como si los clavos de las botas hubiesen entrado en su carne. Se recuesta a cada rato de troncos leñosos, rugosos, lisos, flacos, gruesos, costrudos, hediondos a hormigas amargas, que se atraviesan en su ruta. Cerca escucha los cascos de un arreo y se esconde casi desplomado. Un hombre va detrás de una fila de mulas, silbando y el silbido choca contra las hojas y la penumbra como la voz de las ánimas; es un hombre asustado: mira hacia todos lados y silba para engatusar al peligro. Cabrerita lo conoce y no se atreve a detenerlo para pedirle agua, porque es arriero de un hacendado gobiernero. Deja que pase de largo. Maldice a los hombres que no son de fiar, que pululan por el mundo sirviendo a patrones que no serían nada si Dios no se hubiera empeñado en hacer las vacas, los burros, las tierras, el café y el egoísmo. Dios estaba obligado a hacer las tierras cogiéraselas quien se las cogiera, porque crear el egoísmo y no hacer las tierras, para que al menos el pobre comiera plátanos, habría sido una coñodemadrada.

En eso del génesis y de todo lo que Dios elaboró, Cabrerita colecciona unas cuantas opiniones, inclusive ideas revisionistas. Alguien ha debido extraviar los libros verdaderos, porque el Creador no puede haber construido a la mujer de una costilla masculina: es el hombre quien se la pasa abrochándose al costillar de la mujer, desesperado por hallar un espacio morbosito ¿no? y por si fuera poco está presente el indiscutible argumento de que los hombres son quienes brotan de la mujer, del interior de esas carnes productivas, y siempre quieren desandar lo andado, retornar por el mismo camino.

Cabrerita asegura que vio a Dios en una ocasión. Regresaba amanecido de una fiesta y sentía deseos de vomitar tripas y cerebro y de tragarse después toda el agua posible. Bajó hacia un arroyo y en la orilla contraria bebía agua un tigre amarillento que tenía los ojos marrones. Quiso salir corriendo pero el mareo y las náuseas le hicieron arquearse y vomitar, sin perder de vista a la fiera. El tigre seguía metiendo la lengua en el agua, indiferente. Cabrerita se acostó boca abajo a beber. De un manotón, el tigre sacó un bagre y se quedó mirándolo. Le pasó la lengua y lo soltó. Cabrerita cerró los ojos impresionado y cuando los abrió no había ningún tigre en aquel sitio. Solo Dios podría ser tan bondadoso como para soltar un bagre gordo después de tenerlo en las garras. Es que Dios hizo los bagres y le salieron feos y les tiene lástima y cariño. Remordimiento de conciencia, porque aparte de feos la gente se los come. Y si Dios es un tigre, su santa madre ha de estar asustada en el cielo, porque ella sentía terror al oír los rugidos que bajaban de la montaña. Es cierto que Dios puede asumir cualquier forma.

Ahora, Cabrerita recapacita y piensa que, probablemente Dios era el bagre. Por eso el tigre, diplomático y pensador, lo soltó.

Los libros complican las cosas: Augusto sería partidario de pensar en el tigre como un animal común y corriente, que, habiendo comido en otro sitio, fue a beber agua, se puso a jugar y atrapó un bagre. Lo probó y le pareció una mierda.

Sería una bendición encontrar en Masaya a su primo Juan María, hombre sencillo y bondadoso, que conduce un camión de barandas, perennemente repleto de productos para los comercios de Managua. De esa manera podría llegar más pronto a su destino, porque Juan María es un hombre tranquilo y sensato aunque corra en su máquina a cuarenta kilómetros por hora. Cabrerita aprovecha para descansar tirado encima de una raíz; el arriero todavía está cerca y voltea la cara hacia las orillas como si olfatease una presencia extraña. Una cuerda se revienta en ese instante, en aquella oscuridad que parece estar cediendo ante un sol intuido. La nota vibrante queda suspendida como una cigarra en el espacio de la madrugada y el arriero se detiene, clavado en el camino. Cabrerita se agacha hasta sentir el olor de tierra y raíces, acallando el diapasón con las dos manos. Apela mentalmente al miedo del arriero, le azuza a que piense en los muertos, en los espantos y tal esfuerzo surte efecto porque el hombre no quiere quedarse solo y agiliza el paso para alcanzar a sus mulas. Cabrerita siente lástima por aquellos animales, sobre todo cuando los ve cargados hasta el tope recibiendo latigazos en las cuestas difíciles. En una ocasión trabajó como arriero y el solo recuerdo de esa experiencia revienta en su interior ampollas de melancolía.

Fue cuando perdió su segunda guitarra de un machetazo. En un baile se armó una pelea a muerte entre dos hombres y uno de ellos falló y partió su instrumento. Tuvo que buscar trabajo para comprar otra guitarra: podía vivir sin comer y sin beber, hasta sin dormir y sin amar, pero necesitaba esas seis cuerdas cuya combinación le proporcionaban una conversación consigo mismo, con sus interioridades. Tocando e inventando canciones se sentía propietario de un mundo que flotaba, que nadie estropeaba, que solo él poseía y que compartía hasta el instante en que dejaba de tocar. De ahí en adelante la música era un universo que se abría si él y su guitarra se juntaban de nuevo.

Le propusieron trabajo en un arreo de cincuenta mulas que irían cargadas de café, frijoles y tabaco hasta Granada. Aquel fue un trecho cansón, que le pareció demasiado largo, debido a que se quedó cinco meses en Granada. Tal vez por eso, siempre que mira unos animales descargados, botando espumarajos y sufriendo peladuras, comenta: “vienen de Granada”. Nunca podrá negar los encantos de esa ciudad, donde además compró su tercera guitarra.

Esa tercera guitarra era sonora, no aporreaba los dedos; sus cuerdas suaves made in Germany, estaban hechas con tripas de gato y descubrió que la música de aquella guitarra generaba amores imposibles. Lo supo desde la primera mujer que conquistó con ella. Una granadina que le gustó exageradamente. La señorita quería corregirle, sacarlo del fiesteo. Era buena, delicada, culta, hacendosa, una dama fina en toda la regla. Solo pensaba en el matrimonio, en organizar un hogar tranquilo y sin complicaciones. Cabrerita agotó su último recurso ofreciéndole casa en Niquinohomo, con gallinas, una vaca, cien matas de almendrón, mil matas de café y la posibilidad de un amor sin más ataduras que las innatas del amor, pero ella ni siquiera quiso oír más tal proposición. Ella quería casamiento civil y juramento religioso, vestido blanco, iglesia repleta y un hombre apegado al jornal.

Solo pudo besarla dos veces, en la frente, porque andaba descuidada y con el ánimo decaído.

—Aquella mujer…

Ciertamente su imagen predominaba encima de todas las demás y aun no podía explicarse por qué no se había querido casar con ella, si eternamente estaría enamorado de su blancura esplendorosa y de su maldita mediocridad.

La última vez que la vio estaba sentada ante la puerta de su casa contemplando el paso de la gente al igual que sus vecinos: un anciano fumando, una señora bordando, otras mujeres dialogando y niñas y niños que cantaban y chocaban las palmas de las manos. Cabrerita llegó de visita, vestido de limpio, con pajarita azul, camisa amarilla, sombrero ancho, pantalones de lino, botas de montar y espuelas sonando alegremente, aunque no tenía caballo en esos días.

—Me voy a Niquinohomo: nos podemos ir esta misma noche.

—No señor: no quiero andar con usted del timbo al tambo.

—¿Tambo? ese era el nombre original de la música amargosa que llaman tango.

—Usted y yo no podemos conversar seriamente.

Me gustan los hombres serios.

—Sé que usted me quiere y sé que yo la quiero ¿no le parecen importantes los buenos sentimientos?

—Son lo que son, pero lo primero es lo primero.

Le gustaban los tobillos de aquella mujer, su manera de mover las manos y el esplendor oculto que guardaba sin siquiera saberlo. Los tobillos fueron lo único que pudo verle. Se despidieron y ella ni siquiera le dijo toma este pañuelo para que me recuerdes, toma esta sortija o aquí tienes una carta para que la abras cuando estés lejos.

—Bueno: vaya con bien —fue todo lo que le dijo. No se movió de su silla. Las vecinas no querían mirarlo. El se puso el sombrero, se paró, le acarició la cabeza a un muchachito, se fue por la calle, se volteó a ver y ella había dejado la silla recostada a la pared.

Augusto era cuatro meses mayor que él. Cuando ambos tenían quince años de edad, comerciaban con productos del campo. Eran comerciantes serios y se parecían mucho físicamente, pero Augusto era un predestinado, un imán. Había algo indígena predominante en ambos, un gesto en el cual el silencio se transformaba en un símbolo enigmático, una expresión de paciencia impaciente, de “estoy esperando el tiempo que sea, pero no me hagas esperar el tiempo que quieras”.

Augusto tenía la nariz más grande que Cabrerita y sus ojos sonreían si lo hacía la boca delgada, pero no era propiamente una sonrisa sino una advertencia. En Cabrerita esa sonrisa, compartida con la mirada, era de pura picardía.

En Augusto Calderón había un hombre entero, gigantesco, metido en un cuerpo flaco y pequeño. Decía una cosa y eso era verdad, comprometía su palabra y la cumplía. Los viejos lo escuchaban con respeto y los niños se le acercaban para preguntarle lo que otros no sabían responder. Llegaba el sábado y a continuación una fiesta que servía para sacudir las fatigas. Cabrerita era capaz de estar tocando y cantando, armando el zafarrancho musical dos, tres, cuatro días en fila, porque Augusto no paraba de dar vueltas, de levantar la polvareda, de sudar y sudar hasta que la gente no podía más. Una vez bailó tres días y dos noches, casi sin detenerse, con una muchacha de San Rafael. Ella se fue a su casa con la mano de Augusto marcada en la cintura del vestido, como si la hubiese abrazado un hombre quemándose.

Hubo una semana tormentosa, que todos recuerdan con asombro. Augusto llevó a Managua una carga de café. Viajó solo. Al llegar a la capital, el hombre que le compraría el café revisó el grano y el de la superficie era el único que servía. Augusto se sintió avergonzado y regresó a Niquinohomo, silencioso, sin pronunciar palabra. Tocó la puerta de la casa del hombre que le había vendido aquel café y sin reclamarle nada, sin explicarle su obsesión por el honor, sin darle tiempo a excusas, lo mató al apenas preguntar “¿qué deseas chaval?”.

Dijo que el hombre era medio burlón, medio insolente. Lo mató para que respetara la palabra de los demás. Tuvo que irse de Nicaragua.

Cabrerita vivió metido en un laberinto, en un deambular y casi se olvida del amigo, hasta que un día regresó contando sus experiencias del exterior y repitiendo, hasta la saciedad, que ya no iban a vender más café, sino que se dedicarían a hacer una revolución.

La infantería de marina de los Estados Unidos desembarcó en Corinto el mes de agosto de 1912 y se quedó cuatro años, pero luego volverían y sin ninguna ganas de salir del país. Cuando Sandino organizó sus guerrillas, encontró marines en Chinandega, Estelí, Jinotega, Nueva Segovia: en cualquier sitio.

Se les tiraba con todo y caballo, no hablaba cuando peleaba, ni siquiera parecía estar respirando. Se llevaba las ramas por delante, el caballo clavaba los cascos y se deslizaba por terraplenes, por bajadas tapizadas de cascajos y él disparaba sin tregua.

“Vamos a hacer una revolución” insistía y Cabrerita preguntaba cómo se hacía algo así. Sabía de buena fuente que cuando una mujer bien plantada se ponía un vestido nuevo y le quedaba como guante, se comentaba: “esa mujer va a hacer una revolución” y también era vox populi que su primo Juan María estaba haciendo una revolución con aquel camión de estacas.

Hasta escuchó decir, en una Semana Santa, a un cura mexicano que se hallaba de paso: “Jesucristo fue un revolucionario” y la verdad sea dicha, Cabrerita estuvo a punto de concluir en que todo podía ser revolucionario, como con el limón que servía para la gripe y los sobacos. Hasta comentaron que en Managua estaban llegando a la locura de vender limones, un fruto que todo el mundo cosecha en el patio de su casa.

Falta poco para llegar a Masaya y sin embargo se siente a un tris del delirio. En los últimos meses ha estado decaído, enfurruñado, pensativo, porque intuye que la pelea no ha terminado, pero siente que se ha debilitado. Los gobernantes del país fingen que toman en cuenta a los sandinistas, pero susurran que son bandidos sin remedio. Ya va reconociendo las cercanías de Masaya. Se detiene a orinar y se le viene a la mente aquel día de mañanita, cuando Augusto les llamó para mostrarles que los marines podían morir, que no eran inmortales como se decía y juraba entre las personas humildes.

Estaba vestido con su ropa de caqui cruzada de correajes, su sombrero grande y una chamarra que parecía tablero de ajedrez. Aun no puede dilucidar si en aquel momento predominaba Sandino en el cuerpo del General o Augusto Calderón, pero le pareció terrible lo que ocurrió. Unos meses después contempló una masacre de campesinos y se olvidó del asunto.

El marine era un hombre alto, de manos grandes, noventa kilos, picado de mosquitos en la cara, el cuello y los antebrazos.

Augusto levantó un machete y les mostró el corte de chaleco. El gringo se retorcía, se desangraba, se moría y los campesinos que acompañaban a Sandino lo miraban, sin poder creer que la muerte podía vencer a un hombre tan fuerte.

Yo me siento molesto contigo, Augusto. No estoy de acuerdo con lo que has hecho, porque esos campesinos han visto morir un toro y un toro es más fuerte que un gringo. Vamos a dejarnos de huevadas con eso: hay que tener ética y el hombre que no tiene ética pierde el espíritu. ¿Sabes cuánta comida ha tenido que darle la madre de ese hombre para que creciera hasta alcanzar tal tamaño? ¿sabes qué clase de sueños tenía él y qué tipo de libros leyó? ¿y si leyó otros libros que no nos interesan a nosotros pero que a él si le interesaban?

Sandino sonrió. El maje sonrió y me dijo “muy bien Cabrerita: tienes razón”. Hasta que un día encontraron sesenta muertos juntos, en un rancherío, agujereados a balazos y las chiquitas despatarradas, violadas, pasadas a cuchillo. Augusto le manifestó que los libros de aquellos matarifes tenían las páginas en blanco.

Cabrerita corre, la madrugada va clareando, el cielo se platea, se blanquea, se azulea y ya es de mañana. Hambre, sed, pies hinchados, ojos enrojecidos. Afortunadamente ahí está la curva que revela el entorno de Masaya. Huele a Masaya. Aquel es el techo de la casa donde vive Juan María y el camión está enfrente con su vidrio y su trompa dormidos de rocío.

“Le voy a tumbar la puerta si no se levanta”.

Es un salón amplio, alto, verdaderamente grande. Una bandeja de plata que pesa cinco kilos está en el centro de una mesa y una cafetera humea levemente; hay tazas y galletas ante quince sillas. Un cuadro de dos metros de alto abruma con una batalla, caballos caídos, caballos corriendo, relinchando, espadas al aire, cañonazos que revientan en hilera organizadamente. Cortinajes rojos con filos dorados, atados por el medio con cordones amarillos; conchas de mar y ángeles culones tocando largas trompetas flotan en el cielo de yeso; dos arañas de cristal esperan a que llegue la noche para encenderse y cada uno de los cristales, geometrizados como diamantes, muestran al ojo detallista que las moscas se han atrevido a descargar sus excrementos en un lugar donde el poder respira y transpira.

Las moscas no tienen conciencia. A veinte calles de ese salón y en el preciso instante en que han llegado todos los ocupantes de las quince sillas, está naciendo encima de un catre una niña sin importancia. La partera parece disgustada, hace su oficio casi por compromiso. Lava a la mujer después que ha cortado el ombligo y limpiado lo más que puede a la diminuta niña. El hedor atrae las moscas que cubren la bosta fresca de la calle, que pican las orejas de los perros, que se agolpan en los pegostes de las cocinas. Vienen y chocan contra las piernas de la mujer y quieren probar la piel recién salida de un líquido y la partera las espanta. “¿Qué es, Alfonsa?, no me has dicho si es hembra o varón” habla desde el catre la madre y Alfonsa piensa que aquella mujer ni siquiera debería preguntar eso: la ha atendido cinco veces y los cuatro partos anteriores se encuentran en la casa de al lado, esperando a que les avisen que pueden regresar a su hogar, con vestiditos mugrientos, crinejas grasientas, y sus hambres fijadas con amarillo en la cara y los ojos. Hambre amarilla y palúdica.

—Siempre pares hembras —responde Alfonsa y como si se arrepintiese de la acidez que segrega su voz, pregunta fingiendo interés:

—¿Qué nombre le vas a poner a ésta?

—Serminia.

—¿Y ese nombre, de dónde lo sacaste?

—No sé. Lo escuché por ahí.

Un puñado de moscas se pelean, se amontonan y estallan, como un asqueroso fuego artificial ver¬de, encima de un coágulo de sangre. Una de las moscas cae y después de lamer el piso de tierra sale volando y deja un puntito negro en el traje rojo del Sagrado Corazón de Jesús, ante el cual una vela dice que no con la llama y dice que sí con la llama.

En el gran salón, las espadas cruzadas constituyen parte de toda la simbología del poder, y el poder desemboca en la papada del hombre que domina la mesa, una papada altiva, malévola, distintivo de quien traga más. Esa papada se mueve, se agita, y emite una voz que no acepta réplicas. En los catorce egos que observan al hombre, surge una interrogante ¿por qué se cree poderoso? y sin embargo obedecen y comparten los dictados que la papada emite.

—Mañana hablará Sandino con el presidente Sacasa. Le acompañarán sus generales Umanzor y Estrada. Cuando finalice esa reunión hay que aprovechar la ocasión para que no salga vivo de Managua. Vengo de conversar el asunto con el ministro americano Arthur Bliss Lane y me aseguró que nos respalda plenamente. Aquí está con nosotros el capitán Lisandro Delgadillo, quien dirigirá la acción. Mañana 21 de febrero, tiene que borrarse del mapa la vida de Sandino o dejo de llamarme Anastasio Somoza.

No puede dejar de sonreír para sus adentros al expresar tal machotada, porque su pequeño hijo se llama Anastasio también y eso equivale a que su nombre resulta difícil de extinguir. Anastasio junior le llena de orgullos, le alegra el espíritu. Quisiera terminar esta reunión para ir a verlo.

Hablan, beben café, muerden las galletas cuyas migas caen encima de la mesa y debajo de la mesa. Catorce egos piensan que el odio de Anastasio senior es como el odio de un hombre a quien otro le ha birlado la mujer en público.

—Mañana hablará con el presidente Sacasa —repite la papada. Traga, vibra, se estremece como gelatina, “galletas sabrositas ¿no? con un leve gustito a maní, que se va quedando en el paladar como un delicado aceite”.

En el cuadro donde se lleva a cabo la batalla interminable, una mosca suelta su pupa sobre un caballo malherido. La mosca parece extrañarse de que existan caballos tan pequeños, pero conoce perfectamente cuando un animal está muriendo y nada mejor para gusanear que un cadáver, aunque sea diminuto.

—Arthur Bliss Lane me ha prometido su apoyo incondicional, claro que sí. Está de acuerdo en que Sandino constituye un peligro para la Guardia Nacional y hasta para el futuro del país. No hay otra alternativa que matarlo. La ocasión es propi¬cia ahora que se encuentra en Managua.

Traen más galletas. Hablan mal de Augusto. Imagínense cuando dijo aquello de “Los yanquies son los peores enemigos de nuestros pueblos. Detrás de cada dólar marcha un soldado yanquie, armado hasta los dientes y ¡ay del país que haya aceptado la ayuda de sus treinta dineros malditos!”. Un energúmeno. Coman más galletas. Anastasio manotea el aire. Mañana voy a mandar a fumigar con dedeté a ver si se acaban estas moscas.

Un burro ha comenzado a rebuznar un poco lejos, por los alrededores del cuartel. Los cagajones caen y cada uno parece decir su nombre y su rango al tocar pavimento. Pop Pop Pop. El culo del burro, redondísimo, hace muecas y cuando el universo cree que ha finalizado tal bombardeo, se asoma un último cagajón más cálido que los anteriores y las moscas enloquecen con el aroma, pero le tienen pavor a los golpes que lanza la cola endurecida y certera.

La mujer del primo Juan María tiene mirada de reojo, va de un lado a otro en sus quehaceres y observa a su hombre; lo tropieza, lo faldea, le dice “ayúdame un momentico”. Cabrerita aprecia los signos: ella está en esos días jugosos, ardientes, fruta madura que se cae con un toque. Entiende por qué Juan María pone peros. No tiene carga para llevar a Managua, no hay negocio que le obligue a pegarse ese viaje; necesita lavar el camión y Rosa Magnolia le ha pedido que encale la casa. Ella bate la falda, lanza una mirada malucona al primo Cabrerita y sin embargo ha tratado muy bien a la guitarra: la ha colgado de un clavo grande y le ha pasado un trapo hasta dejarla como nueva.

Cabrerita suelta el por qué de ir a Managua y Juan María se preocupa, inclusive, Rosa Magnolia se detiene en el medio del corredor.

—¿Por qué no aprovechas y llevas a Rosa Magnolia a Managua, ven el Palacio Nacional, se alojan en una pensión, compran telas y hacemos un negocio cuando yo termine de hablar con Augusto?— sugiere Cabrerita y Rosa Magnolia se alborota. A Juan María le gusta el giro que han tomado las cosas.

Preparan un bastimento y Juan María le da vueltas a una palanca para que el camión encienda. Son las once de la mañana del día 20 de febrero de 1934, cuando los tres, en la cabina, conversan mientras el paisaje de las afueras de Masaya se va quedando atrás, a una velocidad de treinta kilómetros por hora. El camión levanta el tierrero, salta, repiquetea, el cielo choca contra el parabrisas, y Rosa Magnolia lleva la guitarra entre las piernas para que no se quiebre. Ella está sentada en el centro, muy pegadita a su hombre, presión de muslo a muslo; Juan María quiere llegar a Managua pronto. Pasan una casita, una colina, un sembradío de plátanos, un algodonal, una yunta de bueyes, una bandada de pájaros y la zona calurosa del volcán les deja gotas de sudor en la cara. Suben y bajan caminos, las piedras saltan y azotan la latonería. Se tienen que detener varias veces para ponerle agua al radiador. Juan María carga dos barriles llenos de agua en la parte trasera, más agua de la que necesitarían diez caballos. Cabrerita piensa, sin embargo, que ese camión es realmente revolucionario, porque se acerca a Managua con la velocidad que exige la urgencia del momento y tiene un espejo para ver hacia atrás y una aguja que va señalando cuánto combustible le queda. Rosa Magnolia se hace la dormida para recostarse a Juan María y Cabrerita está seguro de que ella aprieta un charquito caliente entre las piernas y de que su primo no ve la hora de llegar y buscar alojamiento. La tarde avanza y parece que el camión no alcanzará al sol, que se hunde enrojecido por los lados de Managua, pero a las cinco y media de la tarde los tres comienzan a cam¬biar impresiones ante los techos de la capital y el paisaje, que según Rosa Magnolia es similar a un almanaque. El sol y las aguas del lago se atacan intentando imponer cada elemento su fuerza. El lago quiere enchumbar al sol y apagarlo. El sol enrojece las leves ondas, las enciende y se mira en ellas, dejando un camino de lava por donde pasa. Rosa Magnolia traga con los ojos aquel inmenso vaso de ron dorado y se rinde, poniendo la manita izquierda en la pierna derecha de su hombre; Juan María se encona definitivamente, pero Cabrerita se estremece ante ese atardecer que le parece un desangre.

Descubren una posada y Cabrerita baja su guitarra. Acuerdan que allí se encontrarán.

—Ustedes me esperan, primo. Cuando regrese compramos las telas para que Rosa Magnolia tenga bastante oficio el próximo mes —dice Cabrerita— y ellos suben, con prisa, la escalinata que lleva a la posada “Brisas de Tiscapa”.

La guitarra tiene ya dos cuerdas rotas y una cadera hundida. Cabrerita camina por las calles empedradas, que los faroles medio iluminan, porque la noche está arropándolo todo. Se detiene ante una pulpería llena de hombres que beben y hablan. Caballos oscuros esperándoles, patean y lanzan latigazos con las colas al mosquero que delira en gajos, en ramilletes, flores que aparecen y desaparecen encima de peladuras, de gusaneras, de labios traseros; de conchas de plátano, de paredes escupidas.

Cabrerita pregunta a los hombres la dirección de la casa donde vive el ministro Sofonías. Cuestión de un mensaje que trae de su hacienda, explica. El pulpero le indica que siga derecho unas cinco cuadras y luego baje sin detenerse, hasta que encuentre el telégrafo. “Ahí le pregunta a cualquiera” apunta. El músico compra un pedazo de tabaco en rama para que no quede gratuitamente el favor y se va en la dirección que le han indicado. Un Guardia Nacional que está de posta en una esquina lo detiene y le pregunta de mala manera:

—¿A dónde vas con esa guitarra? estas no son horas de serenatear.

Como anda apurado y no quiere inconvenientes, Cabrerita le responde que viene diligenciando y que la guitarra está rota. “Soy un hombre respetable que quiere mandar a recomponer su guitarra” dice.

—Ya veo que te estás burlando de mí. Conozco a un músico fiestero por la jodienda del caminaíto. Tú no vas a alterar el orden porque se te ocurra emparrandarte. Vas a tener que enrrollarte en un calabozo esta noche.

“Este se enamoró de mí” piensa Cabrerita y siente deseos de rogarle, pero no rogaría ni para llegar a tiempo de salvar a su amigo. Tampoco puede matar ahí a ese guardia cochón, porque hay gente mirando. Decide irse andando, sumiso, tomado por un brazo. El uniformado lo mete en un calabozo de parroquia sin la guitarra. Un cuartelito hediondo a vómitos y a objetos de cuero. Se ríen por allá adentro, entre oficinas estrechas, enclavadas como nichos en los pasillos. Charrasquean su guitarra con mala mano. El cansancio lo aturde y se va quedando dormido. Sueña que han encontrado culpable a su primo Juan María de haber maltratado al camión Ford. El camión es extran-jero y los marines lo protegen. Juan María es fusilado y ni siquiera entregan su cuerpo. Cabrerita entra a la casa consolando a Rosa Magnolia. Ella tiene sudor encima de los labios y el vestido de muselina se hunde en la raja de las nalgas regordetas, mientras lloriquea y agita trastos en la cocina. Él le dice que la va a cuidar y ella sigue llorando mientras hierve agua para el café. Cabrerita se acerca y la abraza por detrás. Ella no se resiste, y él huele su negra y espesa crineja. Ella seca una taza y después la otra. Las nalgas aprietan el bulto. Casi sin darse cuenta las nalgas se mueven hacia atrás y hacia adelante. Rosa Magnolia sopla el fogón y las partículas de ceniza se levantan. Las brasas enrojecen. Cabrerita le sube la falda y no hay pantaletas debajo. Nalgas firmes, con hoyitos en la cintura. Sin soltarla con la izquierda, se baja los pantalones con la derecha y ella cuela el café, pero Cabrerita sabe que cierra los ojos de vez en cuando. Mete una mano desde abajo y toca la babita cálida, los pelos húmedos, los muslos gruesos. La penetra y ella se inclina más y más, coloca las manos pegadas al filo del fogón y llega a parecer una yegua. Llora, se mueve, le pega nalgazos que resuenan como cachetadas y él siente que esa mujer es para levantarle las piernas y ponérselas en los hombros, porque tiene mucha profundidad, pero están envueltos en un torbellino y cuando todo termina, Rosa Magnolia se voltea y comienzan de nuevo. Ella no acepta tan poquito; se saca las tetas, le agarra la paloma, se la mete, le muerde los labios, maraquea como demonio y su orgasmo suena como agua caliente cayendo encima de brasas, como aceite bombeado, como chicha desparramándose.

El sol ha salido pero en el calabozo no se ve ni un tablón de luz; los otros presos despiertan a Cabrerita con una cháchara sobre café y que viene el sargento con la lista. A quienes va nombrando pueden salir. Lo nombran casi de último y pregunta por su guitarra.

—Usted no trajo ninguna guitarra —discute el sargento y él no replica. Eso no le importa demasiado: tiene que correr hacia la casa donde Augusto se hospeda para revelarle lo que sabe. Afuera busca la casa del ministro Sofonías Salvatierra.

—Coja esa calle, baje unas seis cuadras, doble a la izquierda y cuando vea un caserón con rejas de hierro y soldados enfrente, esa es —le indica una señora que vende tortillas en la acera.

Camina desesperadamente y parece perdido, pero un caballero de traje oscuro le dice “hombre: la tiene ahí mismo: es aquella casa grande que usted ve. Pero no lo van a dejar entrar: ahí está de huésped el General Sandino”.

Cabrerita corre desaforadamente y llega sin aliento hasta la amplia reja de la casa, una reja con escudo. Dos soldados de pie lo detienen.

—Quiero hablar con el General Sandino: díganle que es urgente. De parte de Cabrerita —explica.

—¿Está loco? aquí no se necesitan pedigüeños. Váyase antes de que lo mandemos a un calabozo.

El soldado ha hablado en voz baja, pero Cabrerita no puede dominar la presión y su voz sube como canto de gallo.

—El General Sandino es mi amigo: díganle que aquí está Cabrerita, si es que no quieren meterse en un mierdero serio.

La voz latigueante penetra el espacio de la casa, los corredores, el alma silenciosa y solemne. Augusto, Umanzor y Estrada desayunan con el ministro Salvatierra y escuchan el alboroto. Estrada sonríe y le dice a Sandino:

—Ese es Cabrerita aquí y en Japón.

Augusto se pone de pie después de excusarse y se asoma a la calle. El ministro Salvatierra ha hecho una seña a un sirviente para que vaya hasta la puerta a resolver la situación. Pero Augusto Calderón ya está cerca de los soldados, con las manos aferradas a la gran reja, mirando a Cabrerita sin saber qué decir.

—Déjenlo pasar, por favor —dice a los soldados, con voz pastosa y seria, que enfría las columnas vertebrales de quienes escuchan. Cabrerita murmura “gracias a Dios que te consigo aquí” pero Sandino no lo deja decir más nada y se lo lleva al interior de la casa. Lo mete al cuarto donde está alojado. Su sombrero y su revólver cuelgan de un perchero. Los soldados se han quedado comentando “¿ese hombrecito es Sandino? debe ser un jodío, ¿oíste la voz? se me encogieron los huevos cuando habló. ¿Viste los ojos? indio corta-cabeza, maje”.

—Después que hablemos desayunamos juntos y te regresas a Niquinohomo —dice Sandino.

Cabrerita le cuenta todo. Al pelo. Augusto no se inmuta. Le pregunta cómo estaba la telegrafista. ¿Cómo va a estar? llorando.

—Quiero que guardes un secreto que te voy a contar, que lo guardes para que un día lo sueltes a tus nietos, porque hoy nada me interesa más que los nietos de todo el mundo —habla Augusto. Siempre se expresa así y Cabrerita lo deja correr.

—¿Alguna vez he destapado tus secretos? —pregunta el músico.

—No. ¿Y tu guitarra? ¿dónde está tu guitarra?

Le cuenta que la ha perdido, que su octava guitarra ha dado paso a la novena; también perdió su caballo y hace poco se le fue de las manos otra mujer.

—¿Cuál es el secreto? oye, Augusto: ¿qué comen los ministros?

—Mierda, mermeladas, hígado en pastas. Pon atención: el secreto es un destino, algo que va más allá de Augusto y Cabrerita…

—¿Los nietos? —murmura Cabrerita dos horas más tarde al salir, atolondrado, de aquel caserón. No puede creer lo que ha oído. Augusto y él se han abrazado un minuto que duró más de un siglo. Lo sintió falto de sol y olía a bayrum. Sabe que Augusto usa bayrum cuando le duele la cabeza. Le entregó su revólver, sus monedas de oro: todas las que tenía y una carta apresurada para la telegrafista. Estrada y Umanzor llegaron al cuarto y también se abrazaron con él. Se aleja de la casa con ganas de regresarse y obligarlos a irse, pero ahora pregunta por la posada donde paran su primo y Rosa Magnolia.

—Cómprate una guitarra que suene —fue la despedida después del abrazo. La calle larga, a veces atravesada por algún carromato, le resulta lo más irreversible y lo menos transformable: siempre el mundo será así, con calles y cosas ro¬dando encima. Pero Augusto le ha dicho que se imagine los próximos cincuenta años, que haga ese esfuerzo y mire hacia adelante.

—Somos carne perecedera pero nuestras ideas no se pudren. Nada de lo que hemos estado haciendo es para el presente sino para después— dijo Augusto.

—Yo pensé que la vida éramos nosotros— respondió el.

Augusto lo trató como un niño. Le contó un cuento que escribió sobre algo que pasó mil años atrás. Llegaron al mundo dos hombres y nacieron en el mismo país, pero no se conocían. Los dos tuvieron oportunidad de vivir bien en su infancia. Uno era observador y sufría por los demás. El otro era malicioso, acumulador de dinero, despreciativo con sus hermanos y dadivoso con los extraños a su sangre. El observador se llamaba Rin y el hijo de puta que hizo alianza con los enemigos de sus hermanos para enriquecerse, se llamaba Roff.

Este quiso ser más rico y vendió su patria a un rey extranjero. Rin peleó defendiendo la libertad y haciendo comprender al pueblo que eran ciudadanos y no animales para que los estuvieran vendiendo. Después de la guerra ganada a favor de la libertad, pasaron unos años y Rin murió a manos de uno de los hombres que seguían a Roff. Este continuó viviendo entre bailes y banquetes. Su capital, logrado con un mar de sangre, era ya de muchos millones. Pero se enfermó de lepra. La lengua se le engusanó, la gente le tuvo asco y fue arrojado de todas las ciudades.

—¿Sabes lo que te he querido decir? —preguntó Augusto.

—Si, pero tú me dijiste que uno no se rendía, que moría jodiéndose con el enemigo.

Cabrerita siente todavía los sonidos oscuros de la voz de Sandino cerca de él; ahora van en el camión y Juan María tiene los ojos abiertos, sin parpadear; no habla, no comenta nada. Rosa Magnolia se ha puesto a llorar y eso que no les contó el secreto. Solo les dijo que Augusto había decidido morir.

El camión avanza iluminando con sus faros éxodos de mariposas que se estrellan contra el parabrisas. Rosa Magnolia coloca la mano izquierda en la pierna de Juan María y la derecha en la pierna de Cabrerita. El se arrepiente de aquel sueño, pero la cinta negra de la carretera borra todo recuerdo y hace que los tres se queden mudos, ciegos, en blanco.

—¿Qué hora es? —pregunta Sandino en la residencia del presidente. Han hablado bastante. Por hablar. Augusto ha dicho verdades secas y Sacasa ha intentado hacerle entender políticas insinceras. Augusto dice a Estrada y Umanzor que es hora de irse a dormir. Salen arreglándose los sombreros bajo los amarillentos faroles; suben a un carro y el motor se enciende, carrasposo, ronco.

Una mujer recién parida saca la teta izquierda y la mete en la boca de una niña que chupa sin parar, mientras otras cuatro observan con las boquitas abiertas. La leche clara rueda por las estrechas comisuras. “Serminia es una tragona” dice la madre. Las moscas hacen el amor en la madeja de cabellos de la mujer y ella no las espanta para no interrumpir la comida de la recién nacida.

Una veintena de guardias nacionales se atraviesa en un vientre de sombras y grita “¡alto al carro!”. Augusto se endereza, Umanzor no se mueve, Estrada piensa “ya se aparecieron”. El chofer se lame los labios y busca el espejo retrovisor. El rostro de Augusto mira hacia la oscuridad como un indio agazapado cazando un tigre.

—¿Qué pasa? —pregunta Sandino.

—Orden superior. Quedan detenidos: Echen pacá sus armas —responde un guardia nacional, de cara huesuda, como repitiendo una lección. Al frente está un edificio que abarca casi una manzana. La Fortaleza El Hormiguero, sitio hediondo a bosta, a sudores. El carro entra y varios guardias se quedan pasmados, esperando a que bajen los tres hombres. Hacen comentarios entre ellos que suenan como rabos de cascabel en la penumbra del patio enladrillado.

Varias ametralladoras apuntan a los tres hombres que bajan y se recuestan de la pared a fumar. Augusto se muestra molesto. Cruza los brazos sobre el pecho quizás añorando las cananas. Sandino se ha adormilado un poco, sonriente, en la profundidad del pozo de su alma.

—¿Quién es el jefe aquí? quiero hablar con él —exige altanero, duro.

—No se puede —dice un guardia, asustado de su atrevimiento. Un cacho de luna se libra de las nubes y ni siquiera sabe lo que está pasando allá abajo. Cabrerita, Juan María y Rosa Magnolia también están mirando esa luna.

“No sirve para el amor” piensa Cabrerita.

—Entonces quiero hablar con Somoza. Dígale que me extraña todo lo que están haciendo con nosotros, que nos tienen detenidos como malhechores, cuando hace un año firmó con el presidente Sacasa un convenio de paz. Todos somos hermanos nicaragüenses y yo no he luchado contra los soldados de mi país sino contra los yanquies y no creo que se vayan a aprovechar de este momento para hacer con nosotros lo que no pudieron hacer en la montaña.

Umanzor mira a Estrada y este le pide un cigarrillo. Un silencio los envuelve y Augusto se debate con Sandino. Sandino se burla. “¿Qué importa morir? ¿cuánto tiempo más vas a tener enteros esos huesos, ese hígado, ese corazón, esos huevos, esa cara?”.

Alguien pasa la orden de que los suban a un camión. Los tres suben y se sientan rodeados de guardias que se mantienen de pie. Lejos, Cabrerita mira un conejo que se atraviesa y Juan María abre la boca para decir algo, pero Rosa Magnolia grita “¡no lo mates!”.

De un lado Estrada, del otro Umanzor. El General Augusto César Sandino va sentado en el medio de ambos, con las manos engarriadas en las rodillas y el torso inclinado. La luna sigue al camión como una sonrisa de maíz. El rostro de Sandino parece una piedra mojada.

En medio de una oscuridad que huele a hierbas, el camión se detiene y todos bajan. Caminan hacia profundidades sin senderos, donde un búho canta y unas patas diminutas corren sobre la hojarasca. El capitán Lisandro Delgadillo se acerca y contempla a sus anchas a Sandino sin saber que está mirando a Augusto Calderón.

—¿Todo esto quiere decir que ustedes nos van a matar? ¿no se avergüenza de hacer una cosa así, capitán? ¿no va contra lo que soñaba de niño: la valentía, el arrojo, la grandeza? —dice Sandino.

Delgadillo escapa y llama aparte al subteniente Carlos Eddie Monterrey.

—Me voy a retirar a unas veinte yardas, fuera del camino y cuando usted oiga un disparo de revólver que voy a hacer, ordene la ejecución de estos hombres —dice.

Un guardia se adelanta hasta donde los tres hombres hablan y les dice que va a registrarlos. Ellos saben que está llegando el momento. Aquellos guardias luchaban ante el condicionamiento de cumplir órdenes, dudaban, se incomodaban, veían al trío legendario y sin pensarlo de manera específica, sentían que un día ellos serían juzgados.

—Esto es lo único que tengo: se lo regalo —dijo Estrada y le entregó un pañuelo rojinegro al guardia. Cuando le diga eso a su mujer. En su pecho un cristal se quiebra, una confusión se agita. No ve por qué hay que matar a un hombre que regala su pañuelo.

Monterrey se adelanta y Umanzor saca una cajetilla de cigarrillos “Esfinge” casi llena. “Para usted” ofrece Umanzor.

—Si tuviera un revólver ya habría disparado —comenta Augusto y se queda con las manos en los bolsillos.

A continuación le dice a sus generales: “vamos a sentarnos: no debemos estar cayendo como payasos frente a estos pendejos”. Los guardias se colocan a tres metros de donde ellos se sientan. Es una joroba de tierra y detrás hay un muro de arcilla y piedras, cuajado de raíces lombricientas. En la oscuridad las ametralladoras apuntan. Umanzor estrecha la mano de Estrada y luego la de su General. Estrada le revuelve con un manoteo el cabello a Umanzor y luego roza la mano de Sandino. Un disparo estalla entre matorrales.

Monterrey apunta con su pistola el cuerpo endeble y la cara tosca de Augusto Calderón César Sandino y dispara. La bala no se ve, pero abre un hueco en el hemitórax derecho.

“Uj” se escuchó el pujido.

La segunda bala agujerea la sien izquierda y Sandino se recuesta hacia Estrada, quien lo agarra por la espalda. La tercera pega en el plexo y en ese instante la oscuridad se llena de rayones encendidos, que entran en las carnes de los tres hombres sentados. Rodaron, saltaron, se revolcaron.

“Aj uj eeeeeeeuuuujjjjj” pujaban. Se resistían a gritar. La tierra se revolvía como si pelearan unas bestias en descampado.

Monterrey sacó un cigarrillo y sus dedos temblaban. Cuando encendió el fósforo, vio a Sandino boca arriba, los ojos abiertos contra la luna, y su boca sonriendo con el mismo brillo amenazante de los ojos.

Cabrerita canturreaba una canción que había compuesto para las fogatas; Masaya era un tejido de calles silenciosas y sin luz. Nunca podrían convencerlo de que cincuenta años después, allí donde estaba deteniéndose el camión, los nietos de Juan María y Rosa Magnolia cantarían, junto con otros chavales, una canción que diría “Ya llegó el General, con su batallón… Cabrerita interpreta una mazurkita en La Mayor”.

Rosa Magnolia se ha despertado y pregunta:

—¿Llegamos?

.

Capítulo II

Corodiángeles

Era como mi papa, me fui al monte con él desde que cumplí los doce años; éramos como cincuenta chavales de once a dieciséis años y nos decían el corodiángeles y también los palmanzones porque palmábamos a los yanques y él nos enseñó a pelear y a querernos como hermanos ¿verdad? como un papa. Mire que lloré cuando lo asesinaron. El corodiángeles de Sandino, éramos.

Mi General era un hombre blanco aindiado, cabello negro y lacio, peinadito hacia atrás, con una raya del lado izquierdo; arrechito, de un metro sesenta de estatura. Los ojos le saltaban como un águila y tenía tres dientes de oro en la parte de arriba, todos sus dientes chiquitos y blancos; sombrero stetson, grande, botas federicas que no se quitaba nunca; una pistola Parabellum pegada a la pierna derecha y se paraba así: mirando por debajo del sombrero.

Lloré cojones y anduve huyendo porque nos querían acabar a todos los sandinistas. En el dedo anular de la mano izquierda tenía dos anillos gruesos de oro, uno era de matrimonio y el otro un escudo de Centroamérica. Silla de montar colorada, una mula retinta y otra de color bayo; bebía gaseosas mi General, nada de aguardiente; pantalón bleach, un pañuelo rojo y negro con una semilla de jabillo y una calavera cruzada por dos tibias. Si le hablaban contestaba y si no, no abría la boca. Siempre parecía que se iba a quemar aquel hombre, que era como mi papa. Desde las seis de la tarde hasta las nueve de la noche se paseaba abriendo caminitos de allá para acá y los palmanzones lo cuidábamos, el corodiángeles ahí pegado, pendiente. Dictaba cartas hasta a tres personas al mismo tiempo; tal cosa, punto; tal cosa, como y ¡aquello! yo me complacía de verle la gracia que tenía él y aquel coraje y enamorado de la libertad ¿verdad? Tal cosa, punto; tal cosa, coma; y eso era el General Sandino. Hablaba con armonía muy halagüeña, era muy amistoso con todos, un hombre sabio; onde quiera que andábamos cargaba su machetito ancho, terrible terrible terrible con ese machetito ¿no? su pistola, su capote. Se bañaba hasta tres veces al día, era muy pulcro y se vaciaba aquel chorro de agua de colonia. Le encantaba estar bien afeitado y cuidado con tocar a una mujer, con violar a una mujer, carajo, porque te fusilaba mi General. Mi papa. Tenía un guineo y lo repartía con todos, como hermanos todos.

En Wiwilí, el puerto que fundó mi General Sandino, mataron a casi toda la gente después que él murió. Acabaron con todo ahí, quemaron las casas, ensartaron a los niños, violaron a las mujeres y las cortaron en pedazos y hasta quemaron la artofónica del General Sandino, un aparato que habla como las victrolas. La noche que mataron a Sandino, también mataron en otro lugar de Managua a su hermano Sócrates, pero se pudo salvar Santos López, uno del corodiángeles que fue del estado mayor; Santos López era valiente y hombre completo: palmó a unos cuantos y huyó por los potreros hasta que llegó a el Jocote. Ahora estamos como desamparados sin mi General que era como mi papa, yo lo he llorado como a mi papa. Era mi esperanza, la esperanza de Nicaragua.

Ya no había corodiángeles: nos buscábamos, no nos encontrábamos, nos fueron matando y matando y yo me salvé aunque anduve anduve en alitas de cucaracha y coño coño coño coño coño coño coñoooooooooo encuentro aquí en el viejo monte, en el antiguo campamento de mi papa, que todavía tiene sus caminitos y por ahí rodando un frasco vacío de agua de colonia yanmarifarina, este cuerpo ahuevado, este cuerpo corrompido en sebo negro, que no se si es tuyo Cabrerita porque…

—Está engusanada y abrazada, como una calavera con dos tibias, pero suena: ¡todavía suena esa guitarra!

Y no sé Cabrerita si este cuerpo ahuevado es tuyo o de otro músico llamado como tú.

Serminia ha cumplido diez años y ha tenido que dejar la escuela primaria justo en el tercer grado. Nació en Managua y ha crecido allí, pero habla como una niña campesina, analfabeta y ha tenido que trabajar lavando ropa, lavando platos, escondiéndose del doctor, porque él cada vez que se queda solo en la casa quiere tocarle la cosita.

No es la única que realiza trabajos ajenos a tan escasa edad, pero ha aprendido que la vida es difícil. Riega las plantas y la señora le grita preguntando que si ya terminó.

—Venga que quiero que vaya al mercado a buscar unos tamarindos para hacer jugo —dice la doña.

Serminia corre al mercado, compra los tamarindos, los hombres le tiran manotones carcajeándose y ella no se detiene. Ahora le tocará fregar el piso y esa es la parte que menos le agrada, pero cuando termine sabe que descansará un poco limpiando el piano y los jarrones, contemplando la sirena de bronce y los lomos de los libros. Después podrá irse a su cuarto donde dormirá un rato, hasta que la llamen de la cocina a cortar remolachas y a tasajear carne. En la cocina todo es un caos, pero la señora casi no entra en ese lugar y ella aprovecha para meterse en la boca un pedazo de cada cosa sin que nadie se lo impida. La cocinera le tiene cariño y lo único que le pide es que espante las moscas que vuelan por encima de las verduras y de los cambures.

No te dejes llevar al cuarto por el doctor: cuando la señora sale de viaje para Corinto a buscar sus driles y casimires, sus sedas y perfumes, él aprovecha para descarriarse: no te dejes arrastrar hacia el cuarto, porque ese hombre lo ha hecho muchas veces y lo peor de todo es que después te botan y quedas sin trabajo, dice la cocinera, una gorda de Bluefields, negra melancólica que llega hasta ahí en su respaldo.

Una vez, cuando la señora se fue a Corinto y la cocinera tuvo que salir, porque es la única que escoge bien el aceite de la cocina, el doctor de barbita la llamó para que le llevara un té de manzanilla. Asustada se acercó con la taza y el doctor la jaló y comenzó a tocarle la totona, a meterle el dedo en la rendija y Serminia cerraba los ojos asustada, pero aquello no le parecía tan malo como para irse corriendo. Afortunadamente llegó la negra con su aceite y ella pudo escaparse de lo que vendría después. Las otras niñas jugaban en escuelas que eran el orgullo de la Managua poderosa, escuelas para niños y niñas, por separado, que podían estudiar porque no necesitaban trabajar. También los demás niños jugaban en las calles, mientras Serminia tenía que acudir al mercado en busca de mercancía o a la tienda a pedir un hilo marca elefante, de este color, para los encargos de la señora.

Una noche, el señor llegó muy tarde, sin hacer bulla y en vez de seguir para su cuarto se metió por detrás de la casa y entró a la habitación de Serminia. Empujó la puerta y no abría. Serminia estaba asustada pero sabía que era el doctor. Si no abría tendría que aguantar lo que viniese y si abría nadie estaría allí para ayudarla. Abrió la puerta y el hombre entró en silencio. Ella se quedó parada en el centro de la pieza, y el doctor la agarró. Le dijo muy quedo que se callara la boca y le quitó el vestido. No le salían tetas todavía. Quedó desnuda, flaquita, como un cristo en la oscuridad. El hombre le metió un dedo grande y comenzó a murmurar cosas. Después le metió otra cosa, más gruesa, sin miramientos y le rompió las carnes. Serminia ni siquiera gritó. Las manos del doctor se aferraban a sus nalgas estrechas y jojotas y la rompía enloquecido.

Con la barriga como una enfermedad oscilando adelante, Serminia tendía la ropa desde el lavandero hasta el cable que atravesaba el patio. Había cumplido 16 años y parecía de treinta. Pasaba el día lavando ropa, haciendo comida, barriendo el patio con una escoba hecha por ella misma utilizando ramas del monte. Su esposo era exigente pero la quería y era un hombre bueno que solo aspiraba encontrar la casa limpia y la comida lista. No comían mucha carne, pero se las arreglaban para que los frijoles y el queso no estuvieran ausentes de la mesa.

Serminia nunca había sabido lo que era un enamoramiento: un día el hombre le preguntó que si quería una casa y ella dijo que sí. Estaba empleada como camarera en un hospital lavando sábanas, manchas de sangre y pus, y apenas ganaba para sostenerse. Su madre había muerto hacía mucho tiempo y también dos de sus hermanas. Las otras dos vivían lejos, una en Chinandega y la otra en Colombia, un país donde aquella hermana, la más sortaria de todas, tenía, según sus cartas, una pulpería en un lugar llamado Cali.

Así barrigona, su esposo Berto Sandoval la agarraba a veces de noche y rápidamente se lo metía para luego irse a leer revistas y seguramente eso fue lo que dañó al muchachito, pero nunca quiso culpar a Berto de tal inconveniente. Su cara había permitido arrugas y rictus, y su corazón se cansaba con cualquier tarea, pero eso no la detenía. La vida generaba rebaños de durezas y amarguras y sin embargo Serminia creía que eso era normal. Cuando tuvo a su primer hijo, apenas pasada una semana, se lavó entre las piernas y permitió que Berto se desahogara, porque le daba lástima sentirlo tan furioso en esos días. La miraba con odio y hasta sacó en conversación que una vecina le había dicho “caramba: usted se ve muy bien, parece que nunca le pasan los años por encima” y esa vecina siempre andaba a la caza de un kilo de carne, de una diversión, de cualquier cosa que significara un gusto, como una guanábana, un cochino, un pavo. Ella veía cuando Berto se desnudaba para acostarse y sentía su presión. No le importaba mucho que el niño llorase o que ella exhalara mal olor de parturienta: el quería soltar su jugo y nada más. Era justo, los hombres tienen que liberarse de eso. Serminia se lavó y se hizo la amorosa: lo besó y le dijo “buenas noches” pero sin despegarse de su cuerpo, sin arroparse en la otra orilla de la cama. El la agarró, la besó en el cuello, le dijo que la quería y hundió su miembro en aquel pozo aguado de sangre.

Cuando murió su esposo se sintió triste pero feliz, y decidió que con sus tres hijos tenía. Cuando ellos no estaban cerca se miraba la cara en el espejo redondo y pequeño que tenía en su cuarto y se sorprendía de que hubiera pasado tanto tiempo. Jamás había sentido placer con su cuerpo y ya no volvería a aceptar una penetración en él. La casa era un todo, las gallinas que ponían huevos constituían su felicidad. Veía crecer a sus hijos y eso le llenaba el cuerpo de una satisfacción total. Las vecinas llegaron a hablar alguna vez de la divinidad del acto sexual y ella se reía por dentro con ganas de desencantarlas, pero ese no era su punto, ya que el tiempo no pasaba en vano y sentía que había superado infinidad de obstáculos para llegar ahí. Enterró a su marido una tarde de junio. En un cajón negro con chapas de aluminio. Una chapa estaba guardada y protegida en el baúl de la casa. Esa tarde fue con sus hijos y los vecinos al cementerio, caminando poco a poco, solemnemente, hasta el hoyo cuadrado donde bajó el cajón. Se cerraba así un capítulo de su existencia. Recordó a su madre, acorralada y enferma, diciéndole que debía ir a trabajar a casa de los Alonzo, que allá la cuidarían y le darían de comer. Su madre indefen¬sa, parada en medio de un cuarto, con las ojeras hinchadas y los dientes podridos, entregándole la partida de nacimiento y un crucifijo que la prote¬gería de todo mal. Un crucifijo que nada había hecho por ella. Las moscas revoloteando, imitando al viento, parándose en el retrato de Anastasio Somoza y escribiendo puntos negros allí, en la gorra y la cara rubicunda. La última vez que vio a su madre viva, estaba probando una sopa de huevos y lo hacía como si tuviera que irse de su propia casa; sorbía en la cuchara y de vez en cuando preguntaba “¿cómo te va en esa casa? ¿no te dije que era gente decente?” y las moscas ponían sus patitas encima de las papas, encima de la cucharilla, y le pegaban aletazos al sagrado corazón de Jesús, que veía las cosas desde lejos, a través de las velas, con su cara de huevón de yeso, excusado de moscas, mirando y sonriendo como si a su alrededor hubiera una fiesta en la que no bailaría con ninguna mujer.

Serminia no sabe qué es el mundo, qué es la historia, ni siquiera piensa en ello. Le importa que los frijoles estén cocidos a la hora en que lleguen sus hijos.

Jamás ha tenido ganas de entregarse a un hombre. Solo una vez, para decir verdad, y fue estando sola en la casa: corrió para un cuarto y cerró los ojos mientras se tocaba la flojedad del sexo y pensaba en aquella maldita noche, cuando un palo de carne le rompió las entrañas y en algún momento sintió que era deseada.

 

Fragmento del libro: Una mazurkita en La Mayor. Jose Pulido. Editorial Planeta.  Finalista Premio Miguel Otero Silva de Novela 1989. Caracas 1989.

 

Segunda Edición. Una mazurkita en La Mayor. JoséPulido

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